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CARTA A CARMEN WERNER

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne a todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

Carta a Carmen Werner escrita por José Antonio el 3 de enero de 1935.

Esta carta está incluida en Arriba: Obras Completas III, el tercer tomo de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera que cubre la segunda parte de su etapa en el parlamento desde el levantantamiento revolucionario en Asturias y Cataluña de octubre de 1934 hasta justo antes de la reunión de la Junta Política en Gredos en julio de 1935.


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CARTA A CARMEN WERNER

3 de enero de 1935

No me digas que no es bonita la idea ésta de escribirte desde París a las doce de la noche. Podría decirte que sacrifico a esta comunicación una noche alegre de París, pero sé que no lo creerías. Más bien me refugio en tu distancia familiar contra la melancolía de París. París me pone terriblemente melancólico. [ilegible] se le ve quedarse atrás su época, como el decorado del Grand Hotel o las pantorrillas de la Mistinguette1. ¡Qué lástima de fruta madura; tan madura en sabor —eso sí, un prodigio de sabiduría— empieza a adivinarse el punto justo sabor que precede a la putrefacción! Y lo malo es que un fascista no debiera sentirse melancólico por eso. Todo ello anuncia la vuelta al campo, a la guerra, a la vida austera y primitiva. [ilegible] pronto tal vez llevemos «la sangrienta ración de carne cruda» bajo la silla ecuestre, jinetes por los campos de Europa; pero el foie gras gelé ¡estaba tan bueno! He comido solo en el restaurant Larme [ilegible]. ¡Cuanta desolación! El maitre, el sommelier y los camareros se esfuerzan en jugar a la Exposición Universal; pero lo malo es que en el tiempo de la Exposición Universal nadie se daba cuenta de que estaba jugando a ella, y ahora sí. Hasta tal punto que los quince o veinte franceses [ilegible] auténticos (algunos con perilla y todos con la legión de honor) parecen clientes falsos, pastiches de clientes y los verdaderos nosotros: aquel señor norteamericano con [ilegible] brazal de luto que ha pedido champagne y yo, a quien han servido con gran aparato un mal burdeos, pero que no quiero reclamar para que no crean que entiendo de vinos y para que así estos farsantes de maitre y sommelier sigan felices en la convicción de que me están explotando. Figúrate qué maravillosos juegos de humor: estos bandidos creen que soy un millonario extranjero a quien estafan ¡y yo no soy millonario! (¿no parece un cuento alemán?)

El restaurant Larme [ilegible] está decorado como hace cuarenta años: los divanes, almohadillados con botones, son de seda carmesí. Donde terminan [ilegible] sus respaldos empieza un decorado color crema, todo lleno de espejos, curvas, angelitos y guirnaldas. Nada de luz indirecta; luz directísima: bombillas sonrosadas [ilegible] entre collares de prismas de cristal (recuerda que esta instalación es de aquellos días en que la luz eléctrica se [ilegible] descaraba como último adelanto). El mobiliario está a tono con la decoración: hay dos o tres aparadores llenos de columnitas doradas, con ensanches y estranguladuras; en su tiempo estos muebles (ahora tan pobres, tan recortaditos y tan [ilegible]) debieron ser considerados como maravillosos de esbeltez. Sic transit gloria mundi. Es inútil que los camareros finjan vivir la tradición: aquellos años de fin de siglo tenían la gracia de lo imprevisible: cada día traía un descubrimiento y cada descubrimiento un alegre estupor, como si las gentes los recibieran de las nubes. Ahora no es posible el estupor: cada descubrimiento no es más que el resultado de cruzar dos perpendiculares conocidas; todo está cuadriculado, racionalizado; hasta los niños calculan cuál será el próximo récord de aviación. (Por cierto ¿por qué todos los franceses de menos de treinta y cinco años afectan ser aviadores? Este que está a mi lado, con una morena alta, de sombrero en cono azul celeste y ojos azul porcelana, ha entrado con cara y ademán de aviador. En fin, [ilegible] Larme prolonga su decadencia. Así suena de triste ese quinteto que llora valses. Al norteamericano de luto (de luto por su pobre mujer, muerta allí en un estado del Sur después de veinte años de matrimonio) se le saltan las lágrimas. A mí casi también. Huyo. Entro en un cine. A la salida pasa una rubia a un palmo de mí: es joven, esbelta, fragante. ¿Sería ésta la clásica aventura de París? Pero no: no sólo se interpone mi timidez terrible (esa timidez que solo conocéis unos cuantos bajo la máscara de insolencia con que quiero aturdirla) sino, probablemente, la interesada: las conquistas que valen la pena, aquí como en Hungría, no se van del brazo del primer transeÚnte; y las otras, francamente, exigen menos años de los que ya tengo para ilusionar.

Por eso toda esta melancolía. Y como fuga y encuentro, la dedicatoria a ti de esta noche casta, casi de primero de año, en que te mando mi felicitación y mi cariño.


Miguel Primo de Rivera y Urquijo, Papeles póstumos de José Antonio.

Barcelona: Plaza & Janés, 1996, pp. 109-110

1José Antonio menciona al símbolo de la Belle Époque parisina, Jeanne Bourgeois (1871-1956), Mistinguette, famosa vedete de revista y cupletista francesa, popular por la belleza de sus piernas, valoradas en un millón de francos.



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