Booking.com

ALARICO ALFÓS

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

Alarico Alfós es una novela inconclusa de José Antonio, posiblemente escrita en 1924, con destino a un concurso de novelas cortas del semanario Blanco y Negro. En 1936, ya preso, José Antonio retomará el tema bajo el título El navegante solitario.

Este escrito está incluido en Principios: Obras Completas I de José Antonio Primo de Rivera, que cubre la etapa de su vida antes de la creación de Falange Española en octubre 1933.


XClone

ALARICO ALFÓS

I

INVESTIGACIONES GENEALÓGICAS

Debió ser un suceso trascendental, pero no conservo de él menor memoria.

Hablo de mi nacimiento.

Ocurrió hace ¡ay! cerca de treinta anos. Mi madre no tuvo ni después de mí ningún otro hijo.

Me bautizaron solamente. ¿Por qué me pusieron el nombre godo que me adorna y que incluso, (ilegible) lo llamativo, me ha favorecido en algunas empresas? Cuentan que lo debo a la mamá aristocrática de mi madre, la cual era de esas personas que tienen como única y afanosa preocupación de su vida el alternar con personas de alcurnia, tutearlas y citarlas a cada paso en sus conversaciones. Estamos en la época de la crática; hoy nos encontramos con cualquiera y le confesamos, por ejemplo, que nos duele un tobillo. En el acto nos responderá:

Ah, si; todo el mundo tiene ahora dolores, acabo de ver a la pobre Maria Luisa y también está fastidiadísma con una jaqueca atroz.

Maria Luisa es alguna duquesa o quien acaso nuestro interlocutor solo conoce de nombre. Las jaquecas de Maria Luisa no tienen nada que ver con nuestros dolores de tobillo. Pero no hay que perder tan favorable ocasión de publicar que no sólo se conoce a una duquesa sino que se saben los más íntimos y delicados detalles de sus padecimientos.

Mi madre —he de confesarlo— padecía monomanía aristocrátíca, como sucede a casi todos los que son de familia noble. Se casó con mí padre dos años antes de mi nacimiento. Ella era rica; hija de banquero; mí padre, el conde de Alfós, campechano y despreocupado. Se llamaba Álvaro; y mi madre Olga. Jamás he podido averiguar el origen moscovita de su nombre.

Álvaro —dijo mi madre a mi padre—, es preciso que pongas en claro tu árbol genealógico que ni siquiera sepamos de fijo cuales son las armas de la casa de Alfás.

La casa de Alfós no ha existido nunca, por la sencilla razón de que los dos únicos condes de Alfós que recuerda la historia, mi padre y mi abuelo jamás tuvieron casa propia, sino que se alojaron durante toda su vida en honestos pisos de alquiler. Mí abuelo llegó a ministro en algún gobierno efímero y fue graciosamente favorecido con un condado; lo llamaron conde de Alfós como pudieron haberle nombrado virrey del Congo, pues no sé sí existe, villa, lugar o aldea que se llame Alfós, ni creo que aunque exista tuviese mi abuelo relación alguna con ella. No hay que decir que en cuanto a escudo de armas nunca Jo tuvo la flamante casa de Alfós. Pero mi padre no se quiso privar de tan decorativo documento de nobleza.

Sí, Álvaro: es preciso que reconstruyamos nuestro escudo de armas.

Podemos inventarlo.

¡No lo tomes a broma!

Hablo en serio. Coges de cada escudo lo que más te guste, lo reúnes, le pones encima la corona y debajo un lema pomposo y profundo, por ejemplo: Es azul como no hay dos, la sangre de los Alfós.

Eres insoportable, Álvaro.

¿Pero cómo quieres si no que reconstruyamos un escudo que no ha existido?

Seguramente ha existido. Por lo menos mis abuelos estoy segura de que usaron armas.

Peligrosa costumbre.

No digas tonterías. Lo que tienes que hacer es irte a casa de un heráldico y contratarlo para que averigüe nuestro escudo.

Mi padre, por no discutir, se fue a casa de un especialista en estudios genealógicos. Este señor cobraba por generaciones: a cada entrega de dinero remontaba sus investigaciones a una generación más. Al principio sólo descubrió antepasados plebeyos, pero escudriñando con constancia y buena voluntad halló por fin, en tiempo de Carlos IV, un pariente lejano nuestro de sangre cruzada. Oportunos aumentos de costas movieron al erudito a seguir la pista de tan simpático pariente hasta lograr entroncarlo con cierto señor del siglo XVI hermano de un Cardenal. Un paso más y el Cardenal resultó sobrino del biznieto de un Infante del siglo XIV. Al llegar a tan halagüeño resultado mi padre se negó a pagar más investigaciones. Pero mi madre, que estaba empicada en el descubrimiento de abuelos ilustres, le obligó a seguir retribuyendo al heráldico hasta que éste, conmovido, acabó por confesar nuestro directo entronque con los reyes godos. No dijo con cuál de ellos ni lo supiera; de todos modos mi padre se dio por satisfecho y no quiso en alguno seguir costeando pesquisas. De ser así hubiésemos llegado sin esfuerzo a resultar directos descendientes del mismísimo rey Salomón.

Poco después de manifestarse nuestra estirpe visigótica vine yo al mundo y para que quedase rastro indeleble de tan noble ascendencia mi madre se empeñó en colocarme un nombre de monarca godo. Había que elegirlo: se echó mano para ello de la lista de tales reyes. Por fortuna desde luego según me han dicho, a Liuva, Witerico, Gundemaro, Lisebuto, (ilegible), (ilegible), Chintila, (ilegible), Chindasvinto y Recesvinto, evitándome así el compromiso de ostentar sus nombres. Los de los restantes fueron escritos en papeletas e insaculados cuidadosamente. El capellán de la casa extrajo uno al azar y resultó ser el de Alarico, cosa peor pudo suceder.

Mis apellidos son Gutiérrez del Pozo y de Silla. Mi padre se llamó siempre Gutiérrez y Pozo; los abuelos de mi madre jamás tuvieron preposición alguna ante el sonoro nombre de Silla. Pero tanto el empalmar apellidos como el anteponerles de es cosa de buen efecto y muy generalizada en nuestros días.

Conste, pues, que desciendo de los godos y que me llamo Alarico Gutiérrez del Pozo y de Silla, conde de Alfós.

Mis amigos me conocen con el buen nombre de Alarico Alfós.

II

RECUERDOS DE MIS PRIMEROS AÑOS

Cualquiera tiempo pasado fue peor. Sí: los niños de mi tiempo nos aburríamos ferozmente. Recuerdo que me pusieron al cuidado de una extraña institutriz inglesa, que por las mañanas me daba lección y por las tardes me llevaba de paseo al Retiro. Nunca permitió que jugase con otros niños de mi edad, fuera de uno llamado Adolfo, cuya institutriz era amiga de la mía. ¡Triste grupo el que formábamos en el Retiro Miss Knight (mi institutriz), su amiga, el pobre Adolfo y el pobre de mí!

Miss Knight no tenía más amiga que aquélla ni yo más amigo que Adolfo. Las dos inglesas, emparejadas, andaban por el Retiro solemnemente, y diez pasos delante Adolfo y yo nos comunicábamos con toda seriedad nuestro aburrimiento.

¡Qué tardes! Procuraré olvidarlas, pero nunca las olvidaré. Fue demasiado denso, demasiado abrumador el tedio que padecí en aquellas tardes monótonas del Retiro bajo la vigilancia de Miss Knight.

Mi amistad con Adolfo se rompió por una cuestión científica. Habían venido la noche antes los Reyes Magos. Adolfo y yo nos contábamos los obsequios debidos por uno y otro a la Real munificencia, que a puro cansancio me iba volviendo escéptico le dije a Adolfo:

¿Tú crees que existen los Reyes Magos?

Hombre, ¡claro!

¡Qué tontería! ¿Entonces quién nos puso los regalos?

Nuestros padres.

¡Quiá!

¿Tú crees que los Reyes Magos han bajado del cielo a traernos cosas?

No me cabe duda. —Afirmó Adolfo resueltamente—, La prueba está —añadió para aniquilar mis dudas— en que a mis padres puesto regalos.

Se los habrán puesto ellos mismos.

Tú sí que lo eres. ¡Mira que creer en los Reyes Magos!

Sí que creo.

Pues yo no.

Y ambos sostuvimos con tal energía nuestras opiniones que acabamos dándonos de bofetadas. Este procedimiento no robustece nada las del que lo esgrime pero no es extraño que acudiéramos Adolfo y yo a un sistema empleado con frecuencia por personas mayores.

A partir de aquella discusión estuvimos muchos días reñidos. Durante ellos la formación adoptada por nosotros en nuestras marchas por el parque se alteró algo: detrás, emparejadas, iban Miss Knight y su amiga; cinco pasos a vanguardia, Adolfo, cinco pasos delante de Adolfo, yo. No teníamos ya ni siquiera el triste recurso de comunicarnos nuestros sentimientos. Al fin no fue necesario hacer las paces.

¡Qué tiempos, Señor! No volverán. ¡Que no vuelvan!

Más tarde tuve un profesor que me preparaba para los exámenes del bachillerato. Por no sé que oculto designio me enseñaba siempre aquellas cosas que menos me interesaban y se obstinaba en ocultarme las que me atraían. Me hizo detestar casi todas las ciencias a fuerza de convertirlas en secas enumeraciones de tecnicismos que yo no entendía. Convirtió la gramática en una colección de letanías, recitadas de memoria, la Geografía en un rimero de nombres impronunciables, la Historia en un laberinto de fechas. ¿Y los estudios filosóficos? ¿Qué fueron en sus manos la Psicología, la Lógica, la Ética? ¿Cómo podría yo haber adivinado bajo los insoportables desatinos de mi profesor todo el interés vivo y jugoso de las ciencias del espíritu? Nunca perdonaré a aquel desdichado que me hiciera aborrecer el Quijote obligándome a leerlo cuando no lo entendía.

A la sabia labor pedagógica de mi primer maestro debo esta pereza, este miedo a los libros serios, que me han estorbado siempre para aprender.

¡Basta! No hablemos más de aquellos recuerdos tristes de la infancia.

También los hay gratos.

A los nueve años me enamoré. Esto no quiere decir ni mucho menos que aquello fuera mi primer amor. Antes me había sentido irresistiblemente atraído por tres o cuatro niñas que vi de lejos en mis primeras excursiones. Pero este que cuento ahora fue mi primer amor formal. Un día vino a casa de mis padres una amiga suya. No me acuerdo como se llamaba esta señora, pero su hija se llamaba Pilar. iYa lo creo que se llamaba Pilar! Tenía doce años y era, a mi modo de ver de entonces, la más perfecta y encantadora criatura que vieron los siglos.

Mi madre me hizo salir a la sala para que viera a la madre de Pilar. Y me enamoré de Pilar.

Todas las noches desde aquel día, pensaba en ella con fervor. Tomé la resolución irrevocable que aquella y no otra sería mi mujer. Pero me angustiaba una dificultad: yo había oído decir que los maridos han de ser siempre mayores que sus esposas. ¡Y Pilar era mayor que yo! Esta imperdonable imprevisión de la Naturaleza me contrariaba en extremo. Casi la encontraba irremediable; pues si bien es cierto que en el fondo de mi espíritu abrigaba la esperanza de adelantar en años a mi amada, no es menos cierto que tal posibilidad estaba muy lejos de parecerme probable y verosímil.

Creo que nunca tuve con la dama de mis pensamientos más que la primera entrevista. Todo lo demás fueron pensamientos. La imagen de Pilar, grabada en mi recuerdo, llegó a ser por mi parte casi objeto de culto. Por lo menos en mis oraciones nunca faltaba un Padrenuestro para pedir el favor de la niña:

¡Dios mío, que me quiera Pilar, que llegue yo a ser mayor que ella y que nunca se case con otro!

Un día me dijo mi madre:

¿Te acuerdas de aquella niña que estuvo aquí un día en casa?

¿Pilar? Pregunté palideciendo, como si temiera que descubriesen mi [ilegible].

Sí. Pues se la llevan a un colegio en Inglaterra.

Me fui a mi cuarto. Llevaba sobre mí todo el peso de la hecatombe. ¡Se la llevaban a Inglaterra! ¡Se olvidaría para siempre de mí! Cuando volviera de allá acaso tuviera ya otro novio.

Entonces me eché sobre la cama y —magnífico privilegio de los nueve años— ¡lloré de amor!

III

¿QUÉ POSTURA DEBE ADOPTARSE EN LAS DECLARACIONES DE AMOR?

Aquí puede decirse que empiezan mis observaciones personales.

La perniciosa influencia de la literatura ha creado una virtud francamente falsa y rechazable; la galantería. La galantería consiste en comportarse respecto de la mujer con un comedimiento y rebuscamiento especial: se traduce en el empleo de frases acarameladas y cumplidos inútiles.

Perdone Usted —dijo una señora a un señor—, estoy dándole la espalda.

Las señoras —contestó el galante— no tienen espalda.

Esto es una sandez. Las señoras tienen espalda y son, como nosotros, de carne y hueso. La galantería es una colección de embustes y una falta de respeto para la mujer. Voy a demostrarlo:

Los hombres, como más fuertes, han disputado siempre la parte más sabrosa de la vida. Ellos hicieron las leyes reservándose los mejores derechos. Ellos impusieron las normas sociales, concediéndose las mayores tolerancias. Y para que las pobres mujeres no se dieran cuenta del despojo se propusieron hacerles creer que ellas eran las reinas de la creación y que todo estaba supeditado a sus caprichos. Para eso se inventó la galantería. Muchas frases amables, mucho «lo que usted quiera» «beso a usted los pies» y otras lisonjas por el estilo. ¡Pero luego, mujer, quédate en casa cuida a los hijos y haz que todo esté en orden para que tu amo y señor no se irrite, y guárdate muy bien de tomarte la menor libertad de conducta!

Además la galantería es una falta de respeto a la mujer, porque la supone tan tonta que en diciéndola unas cuantas frases halagadoras para su vanidad ya no va a darse cuenta de que la engañamos.

Otra cosa es que el hombre, como más fuerte, se imponga el generoso deber de no emplear su fuerza contra la mujer, que es más débil. Eso está bien: el no abusar cuando se puede abusar es postura de las más nobles. Pero, ya no es la galantería, sino otra virtud que la supera mucho.

Estas verdades, no las vi claras hasta hace pocos años. Cuando tenía catorce años mi idea de la mujer y del amor, hija de la mala literatura, me llevaba a imaginar a la hembra como una especie de divinidad inasequible, cuyos favores debían impetrar los hombres arrodillados en tierra y con pocas esperanzas de misericordia. Innumerables novelas y dramas habían presentado a mis ojos el conflicto de un caballero que se desvive por obtener el cariño de una dama y no lo logra. Conocía también relatos de suicidios por amor, y casi toda la poesía lírica con que contaba mi emoción la llenaban las quejas de amantes desgraciados.

El amor visto así es una tortura. Cuando a los catorce años se siente uno enamorado de una mujer, lo reputa irremediable la desgracia. ¿Me quería? —se piensa—. ¡No, no me quería! Hay muchos mayores que yo que la pretenderán también ¡y cómo voy a luchar con ellos yo que no sé todavía qué palabras deben decirse al declararse! El enamorado precoz piensa que la mujer de quien está prendado es algo tan sublime, tan exquisito, que todos han de prendarse de ella. La conquista de su afecto viene a ser una trágica competencia, en la que los hombres deben llegar a matarse. Lograr el ser correspondido en el amor es cosa que no puede esperarse jamás; es demasiado magnífica. Y las pequeñas muestras de afecto (una mirada, un apretón de manos) son consideradas 'por el favorecido como inefables concesiones de un ser tan superior que jamás se llegará a su altura.

Así imaginamos a la mujer cuando tenemos catorce años.

Por eso fracasé en mi primera declaración.

Fue en un verano. Pasábamos los veranos en una finca de campo propiedad de mi madre. El campo era tan extenso y la casa tan buena que era una felicidad pasar los veranos allí. Todos los veranos venían a visitarnos algunas familias amigas, que permanecían varias semanas viviendo con nosotros. En una de aquellas visitas me enamoré de la criada de nuestros huéspedes.

Se llamaba Rosario. Era joven, guapetona y saludable. Tenía bastante buen humor y era amiga de bromear con los criados.

Tan pronto como me enamoré de ella sometí mi espíritu a tortura. Imaginé que dentro de aquel cuerpo debía habitar un alma exquisita, acaso atormentada por un drama interior. Sospeché que tenía amores con el cochero y ello me hizo llegar a la angustiosa conclusión de que jamás me haría caso. Llegué a meditar muy seriamente si debía desafiarme con el cochero o si sería preferible asesinarlo. Cuando leía versos y en ellos se trataba de amores desgraciados, no podía menos de pensar que era yo mismo el desdeñado y Rosario la cruel. Cuantas veces podía trataba de estar cerca de ella, contemplándola con arrobamiento. A veces llegaba a recitar a media voz delante de ella y fingiéndome distraído un trozo de poesía: Sólo tú mi secreto no conoces por más que el alma con talido ardiente sin yo quererlo te lo diga a voces...

Una noche de insomnio tomé la firme decisión de declararme. Pero ¿cómo se debía formular una declaración? Por de pronto... (repasaba en mi memoria todos mis documentos literarios y representaciones (ilegible) acerca de las declaraciones); por de pronto ¡sí! debía hincarme de rodillas. Todos los caballeros en todos los cuadros y en todos los dramas formulaban de rodillas sus declaraciones.

Al día siguiente, por la tarde, cuando ya estaba oscuro, me encontré a Rosario en un parque muy solo que había delante de la casa. Me palpitaba tan fuerte el corazón que sentía en todo mi cuerpo las palpitaciones. Tenía la boca seca. Avancé temblando.

Rosario... —dije casi sin voz.

Ella, que no me había visto, se volvió de pronto.

¿Quiere usted oírme?

¿Yo? Preguntó extrañada.

Sí, usted. ¡Óigame usted!

Pasado el primer arranque se empezó a desbordar mi elocuencia. Con verdadera emoción y con la cara tan triste como si estuviera narrándole un incendio rompí a decirle:

¡Óigame usted porque si usted no me oye, Rosario, seré el hombre más desgraciado de la tierra...!

La mujer estaba estupefacta:

¿Pero qué dice?

¡Era el momento! Incliné mi cuerpo y clavé las rodillas en tierra:

¡Rosario!

Rompiendo de pronto en risa exclamó ella:

¡Si se ha vuelto loco!

¡Rosario...!

Hombre levántese usted... ¿Qué va a decir su mamá?

Entonces se fue corriendo y riendo a carcajadas. Yo me quedé allí clavado en tierra durante largo trecho aplastado por el fracaso. Luego me puse en pie y traté de no llorar. Más tarde me encerré en mi cuarto diciendo que estaba enfermo.

¡Nunca, nunca, nunca —pensé aquella noche— me querrá ninguna mujer! ¡Yo no puedo llegar tan arriba!

IV

QUEEN ALEXANDRA FLIP

Paseaba por la calle de Alcalá una tarde con varios amigos cuando alguien propuso que entrásemos en un cabaret a tomar el cock-tail. La propuesta me sobrecogió un poco por lo atrevido (yo tenía dieciocho años nunca había entrado aún en ningún cabaret).

¿Qué te parece? me consultaron.

Para que no se burlasen oculté mi timidez y acepté la idea. ¡Cock-tail, cabaret! Todos sabemos la aureola de perversión que para un muchacho de diez y ocho años y buenas costumbres tienen esos nombres extranjeros. ¡Iba a entrar en un cabaret! Sentí el placer pecaminoso y al mismo tiempo el temor de quien se lanza a un riesgo desconocido. Entramos y lancé una ojeada con disimulo por si estuviera alguien que me pudiera delatar casa. Algo más tranquilo examiné el local. Había unas mesas y un mostrador; tras del mostrador manipulaban unos hombres vestidos de blanco junto a las mesas se agrupaban, sentadas con exquisita corrección, numerosas señoritas.

Avancé fingiendo despreocupación para disimular mi azoramiento. Tropecé con una silla que hizo mucho ruido. Varias señoritas se volvieron para mirarme y aquello me ruborizó. Nos sentamos todos. Quise recobrar serenidad y adopté una postura gallarda, miraba a todas partes como el que está en su terreno. Un camarero se acercó a nuestro grupo. «¿Qué vas a tomar?» me preguntaron. «No sé...» «¿Quieres un cock-tail?» «Venga» «¿De qué?» preguntó el camarero. Jamás creí que hubiese varias clases de cock-tails. Titubeé. Entonces alguien me alargo la lista de los cock-tails, señalé en ella sin mirarla y mi dedo fue a posarse en un nombre magnífico.

«Tráigame (dije al camarero) un Queen Alexandra Flip».

¿Por qué mi vaso era más grande que los demás? Era mucho más grande y estaba lleno de un turbio líquido amarillo y anaranjado. En su fondo sucumbían una cereza náufraga y una corteza de limón que el barman se cuidó de sobar concienzudamente.

El primer sorbo me desfiguró. ¡Que fuerte y que seco era el líquido dedicado a la Reina Alejandra! Me costó esfuerzos aspirar el vaso. Al fin me lo tomé a traguitos.

¡Espantoso!

Fui sintiendo uno a uno todos los síntomas de la borrachera. Primero me quedé callado largo rato. «Si no digo nada (pensé) van a juzgar que estoy borracho». Para evitarlo abrí la boca y hablé. Dije: «Después de todo no está muy alto el mostrador.» Todas las caras se volvieron hacia mí. Vi un círculo de caras que parecían flotar en el aire; más allá de esas caras nada veía. Entonces oí que alguien hablaba mucho. ¿Quien era? Era yo. Me oía a mí mismo como quien oye a otro.

Faltaba el último síntoma. Sin razón alguna que la justificase, cambié lengua española por la inglesa. Nunca he hablado en inglés con tanta facilidad. Apenas recuerdo más detalles. Creo que me llevaron a casa y que antes de salir nos encontramos con Rafaelito Lera. Rafaelito Lera es un tonto de los que para deslumbrar a las muchachas decentes se buscan fama de libertinos. Una especie de hipocresía al revés que suele dar a veces buenos resultados pues las muchachas buenas suelen sentir inclinación por los juerguistas, sea porque su vanidad de hembras se siente halagada por conquistar al que ha conquistado a muchas, sea porque su espíritu generoso las incline a atraer hacia el buen camino a los descarriados.

Ello es que Rafaelito Lera, para acreditarse de asiduo concurrente a los cabarets y conocedor de todos su detalles, divulgó que me había visto en ellos varias veces y borracho. No lo contó con ánimo de dañarme en mi buena fama, sino para alardear de hombre corrido. Y sin embargo, gracias al tonto de Rafaelito Lera conseguí descubrir algunas verdades interesantes.

V

LA VERDADERA POSTURA PARA LAS DECLARACIONES

Marichu Alfaro me saludó aquella tarde tan afectuosamente que me dejó sorprendido. Yo era por entonces una de las más insignificantes figuras de las fiestas mundanas: como todavía no tenía el hábito de los hombres del mundo, mi conversación (si puede llamarse conversación a las frases sueltas y tímidas que intercalaba en las charlas de otros) era poco interesante. Además todavía no bailaba muy bien. Y como mis continuos enamoramientos platónicos me tornaban reconcentrado y corto de genio, las muchachas apenas se habían fijado en mi importante existencia.

¿Por qué, pues, me saludó Marichu Alfaro cuando nos encontramos aquella tarde en casa de los Herrera?

No se te ve nunca por ninguna parte —me dijo—. ¿Dónde te metes?

Psché —contesté—; por ahí.

Ya me lo han dicho...

Me asombró mucho que se hubiera conversado acerca de mí.

¿Qué te han dicho?

Que te han visto mucho por ahí.

No sé lo que dices.

Tocaban la música y ella cambió de conversación.

Nunca me has sacado a bailar. —Me dijo—

Es que lo hago bastante mal. —Dije azorado—. Pero ¿quieres que bailemos?

Encantada.

Me perdonarás que no lo haga muy bien ¿verdad?

Bailamos.

Bailas muy bien. Afirmo.

Quiá —dije lisonjeado—

Y callé. Se había terminado mi conversación. Me atormentaba el que no se me ocurriera ningún tema nuevo que desarrollar mientras bailábamos. Al fin, después de pensarlo mucho, dejé caer una observación feliz:

Hace calor. Dije.

Sí. —Contestó Marichu—

¿Quieres que nos sentemos?

En este momento acababan de tocar. Nos fuimos a un sofá y nos sentamos juntos. Nunca había estado hasta entonces en un sofá mano a mano con una muchacha. Habría que darle conversación ¿qué le diría? Se me ocurrió la idea salvadora de resucitar el asunto iniciado al principio.

Oye —pregunté—. ¿qué me decías que te habían dicho de mí?

Me han dicho —contestó ella sin mirarme— que te han visto en unos sitios bastante alegres.

¡No!

Me ruboricé.

Y que te gusta mucho el cock-tail.

¡Mujer te aseguro...!

Pues te advierto que hace mucho daño.

A la larga sí, pero yo bebo muy poco. ¿Quién te ha dicho que bebo?

Pregunté con indignación.

No me digas que no bebes, Alarico.

¡Muy poco, muy poco!

Pues no bebas nada.

Entonces tuve un arranque:

Si tú quieres que no beba nada, no beberé.

¿De veras?

Bien hecho.

Cuando no beba valdré más para ti. ¿Verdad?

Claro.

¡Pues que más quiero yo!

Qué tontería!

Eres la mujer que más me gusta del mundo.

Alarico!

Sí. ¿Era Alarico el que hablaba? ¿Era el tímido y callado y reconcentrado Alarico? Sí: yo era Alarico y ella era la mujer, que había descendido de su trono y estaba allí a mi lado, a mi altura, escuchándome con toda seriedad, como si yo no fuera un chico, sino un hombre. Yo me atrevía a mirarla en los ojos fijamente (y su mirada iba siendo más grave más y más profunda según hablaba yo), ya me atrevía a decirle muchas cosas:

Eres la mujer que más me gusta y por ti soy capaz de hacer lo que no puedes imaginarte.

Era verdad. En aquel momento estaba seguro de que me había enamorado de Marichu.

¡Te quiero! —le dije.

No me contestó. No hacía más que mirarme a los ojos gravemente, profundamente.

Aquella noche medité todo lo sucedido. ¿Qué extraña audacia me había mi declaración? ¿Qué relieve había adquirido yo de pronto para que Marichu se fijara en mí? Acaso imaginaba —por los ridículos informes de Rafaelito Lera— que yo era un ser cuya vida está llena de misterios, protagonista de mil historias curiosas y tristes que Marichu no podía adivinar. Lo cierto es que Marichu (¡la Mujer!) hablaba conmigo y se interesaba por mis cosas como si no fuera ser extraordinario, como criatura humana igual que yo. Vi que era posible entre hombre y mujer un afecto reciproco, mucho más agradable que el culto atormentado y trágico.

Y además llegué a una importante conclusión práctica: las declaraciones no deben formularse de rodillas, sino sentado junto a la mujer, sencillamente, sinceramente, de igual a igual.

VI

CARLOS HERRERA

Todos los que éramos poco afortunados en empresas amorosas odiábamos a Carlos Herrera. Y sin embargo, Carlos Herrera no era antipático, ni fatuo, ni presumido. Tenía, sencillamente, la fortuna de gustar a las mujeres, pero jamás alardeaba de sus conquistas, antes bien las seguía tan honradamente que casi se enamoraba de cuantas mujeres se fijaban afectuosamente en él.

Puedo asegurar que muchos enemigos de Carlos, si tuvieran la suerte que él tiene con las mujeres, estarían insoportables de vanidad. Ya lo están algunos sin la mitad de motivo. En cambio Carlos es sencillo, afable y afectuoso con sus rivales menos afortunados.

Como motivos determinantes de sus conquistas se apuntan los siguientes: es guapo (alto, moreno, muy buena facha); es rico; es grande de España.

Pero por aquel entonces Carlos Herrera no podía serme simpático. En varios de mis amores silenciosos había visto con indignación cómo Carlos Herrera lograba fácilmente conquistar a una muchacha tan difícil a mi modo de ver que yo no me hubiese atrevido siquiera a pensar en cortejarla. Y sobre todo lo que pasó aquella noche...

Estábamos en un baile. Yo, como consecuencia de aquella declaración que se me escapó semanas antes, era medio novio de Marichu Alfaro. Como el hombre es el ser más vanidoso de la tierra empezó a parecerme (ahora que ella me hacía caso), que Marichu no me gustaba mucho. Casi sentía haber empezado, y me asustaba de pensar lo que iba a ser de mí si aquellas relaciones no se rompían a tiempo.

¡A los dieciocho años —meditaba— y ya casi comprometido para casarme! ¡Qué lástima, ahora que estoy en la edad de divertirme un poco y hacer conquistas!

¡Pobre de mí! Antes consideraba a la mujer poco menos que inconquistable. Ahora al primer pequeño triunfo, me consideraba a mí mismo poco menos que irresistible.

Y sin embargo...

¿Quieres que bailemos, Marichu?

Bueno.

¿Estás aburrida?

No.

No me dices nada.

Ni tú.

Efectivamente; las entrevistas de Marichu conmigo iban siendo más aburridas cada vez. Mi conversación, por desgracia, agotada en los primeros días, era cada vez menos amena.

Paramos de bailar.

Marichu. —Dije perezosamente—: creo que no me quieres.

Se encogió de hombros.

Ah ¿no te importa?

Comprenderás que no me voy a poner a discutir eso.

Te advierto que si no te importa...

¿Qué?

Que por mí...

¿Qué?

Me miraba desafiadora.

En este momento se acercó Carlos Herrera y le dijo:

¿Quieres bailar?

Bailaron. Y hablaron. Y mientras bailaban se alegraba la cara de Marichu. ¿Qué le diría él que tan divertida estaba?

Acabaron de bailar. Y Marichu, en vez de volver a donde yo estaba ¡se fue con Carlos! Y se sentó junto a Carlos. Y hablaron, hablaron mucho y ella se reía.

Estuve toda la noche impaciente. Paseé arriba y abajo. Fui varias veces comedor y bebí con exceso. No bailé. A cada paso miraba, desde lejos, a Carlos y a Marichu que hablaban alegremente.

Después de pensarlo mucho me dirigí a ellos. Con verdadera turbación, serio, pregunté a Marichu:

¿Quieres bailar?

Miró a Carlos, me miró francamente y dijo:

Perdona, estoy muy cansada.

Debió notarse en mi cara la ira. Carlos sacó su petaca y afectuosamente sin sombra de ironía, me preguntó:

¿Quieres un pitillo?

Gracias.

¿Por qué no vamos a tomar algo? ¿Te parece Marichu?

Vamos.

Se pusieron en pie. Carlos me cogió de un brazo con naturalidad y me con ellos al comedor, como si fuera su mejor amigo.

Se estaba muy bien en aquel sofá tan mullido junto a una chimenea tan agradable. Era el mejor rincón de casa y yo estaba solo porque nada más que unos cuantos conocíamos aquella sala íntima. Mientras tanto, a lo lejos, se oía la fiesta, pero su barullo llegaba hasta mí como rumor de música que hubiera acabado por adormecerme sobre la blandura perezosa del sofá.

En esto vi llegar a Alarico Alfós.

Alarico Alfós había sido reiteradas veces objeto de mis admiraciones,

Era un hombre que, sin molestar a nadie, había logrado la extraordinaria habilidad de hacer lo que le daba la gana. Joven (unos treinta años), alto, delgado, moreno, se distinguía en todas partes por su naturalísimo desembarazo: fuese donde fuese, el gesto y la soltura de Alarico Alfós revelaban el aplomo del que está siempre en casa. Muchos le reputaban de chiflado y no faltaba algún enemigo que censurase con acritud, para perjudicarle, sus extravagancias. Pero Alarico, que nunca obraba por llamar la atención, sino por seguir su gusto, jamás recogió, rebatió ni se dio por enterado de semejantes murmuraciones. No encendía la indignación de quienes las divulgaban.

Tenía fama de conquistador. Por lo menos gustaba mucho a las mujeres y los muchachos más irresistibles de Madrid le tenían manía.

Ahora, al entrar, venía seguido de un criado que llevaba una botella de champagne y una copa.

¿Ah pero estás aquí? —dijo al verme—. Veo que tienes buen gusto: llevamos tres horas de baile y esto ha perdido ya todo su interés. Tomaremos unas copas.

¿Tienes copa?

No.

Que te la traigan. Oye Manolo —dijo al criado— trae otra copa... otra botella por si acaso. Dile a Juan que es para mí.

¿Quién es Juan? —le pregunté.

El mayordomo. Conozco por sus nombres a todos los criados de Madrid. Su amistad me es muy útil, porque me lo facilitan todo; hasta me ahorran visitas.

¿Cómo?

Muy fácil. Llego. Pregunto: «¿Están los señores?» «Sí, señorito». «Bueno pues no les digas que he estado aquí». «Bien». «Espera a que salgan, y cuando vuelvan les dices que he venido a verles mientras estaban en la calle. Toma una tarjeta».

Es muy cómodo.

Te aseguro que sí. Mira, ya está aquí Manolo. Bien, Manolo, así gusta: una botella llena. Acércanos esa mesita, haz el favor.

Manolo, servicial, cumplió sus órdenes y se marchó después. Alarico sentó junto a mí con las botellas y las copas por delante. No había más en la sala que el fuego de la chimenea. ¿Qué más puede pedirse en invierno para estar bien que un buen fuego, un buen sofá, y dos botellas de buen vino? Nada estrecha la amistad como una borrachera tomada en común. Alarico y yo no llegábamos a la embriaguez, pero sí a esa laxitud espiritual tan a propósito para las confidencias. Gracias a eso, sin duda, consideró llegado Alarico el momento de las confesiones.

________________

Las niñas —le dije estarán desoladas con que te hayas venido aquí.

¿Por qué?

Porque dicen que les gustas mucho. Querrían tenerte en el baile.

Hizo un gesto resignado.

-¡Vaya! —dijo—. También tú crees en mi fama de conquistador.

¿No lo eres?

Te aseguro afirmó con gravedad— que ningún papel molesta como Don Juan Tenorio.

No lo creo.

Palabra de honor. Don Juan Tenorio era un pobre majadero. Hacía conquistas ¿Hay nada más natural que hacer conquistas? Sería raro ver a las mujeres prendadas de las nubes, pero el que se enamoren de los hombres ¿es para llamar la atención? ¡Todos los hombres hacen conquistas!

Todos no —suspiré—

Todos no; lo mismo que hay fenómenos de todas clases hay hombres que no atraen a las mujeres; pero esto es lo excepcional. Los hombres corrientes atraen a las mujeres como las mujeres a los hombres.

Sorbió un poco de champagne y siguió después con elocuencia que no le había conocido hasta entonces:

Las personas de espíritu grosero se pavonean de sus conquistas; creen que esta vulgar facultad de atraer a los seres del sexo contrario es privilegio que sólo ellos gozan. El majadero de Don Juan Tenorio incurrió muchas veces en semejante ordinariez.

Es verdad —asentí—. Y eso que generalmente los que más pregonan sus conquistas son los que menos hacen.

Por lo menos los que menos las disputan. El que cuenta sus triunfos es que no ha gozado bastante con ellos y quiere buscarse con el pregón un suplemento de goce. Es tan enormemente agradable ser querido por una mujer que el que lo logra se da por muy satisfecho con lograrlo: no tiene aumentar el placer refiriéndoselo a los amigos. Al revés: la divulgación desperdicia parte del placer que puede saborear uno solo.

¿Y por eso no te fías de las victorias de Don Juan?

¡Qué sé yo! La mayoría de sus victorias las conocemos porque las cuenta él. ¡Y cualquiera se fía de un embustero semejante! Porque además de fanfarrón era tramposo. Engañaba a las mujeres y eso, no solo es una canallada, sino la confesión más vergonzosa de debilidad.

No lo entiendo.

La mujer —explicó— es un ser más débil que el hombre en todo. La mujer está siempre bajo la influencia del hombre, se deja atraer, dominar por el hombre. No hace falta engañarla: basta con ser hombre para atraerla. Por eso se engaña a las mujeres tan fácilmente, casi como a los niños. Por eso el engañarlas es un abuso cobarde de superioridad. Burlar a quien más fuerte y más malicioso que nosotros, incluso, puede tener gracia; engañar a quien casi no puede resistir nuestra mentira, al que por débil, se fía de nuestras palabras, es infame.

¡Bravo! —le dije con cierto entusiasmo—. Entonces no habrás engañado nunca a una mujer.

Nunca. Cuando le he dicho a una mujer «me gustas», es que me gustaba. Sólo le he dicho «te quiero» si la quería. Prometer lo que no se piensa cumplir es una trampa que se queda para los mamarrachos como Don Juan. A unas engañaba tomando el nombre ajeno, a otras les prometía casarse con ellas... Cazaba con reclamo; los buenos cazadores no emplean tales artificios; porque el asegurar tanto las probabilidades del triunfo les parece indigno de su habilidad.

Así, cuando le prometas a una mujer que vas a casarte con ella...

Será que pienso hacerlo.

¿Lo has prometido alguna vez?

—No

¿Y cuando vas a hacerlo?

Creo que nunca.

¡Cualquiera sabe eso! Me han dicho que te enamoras cada lunes y cada martes.

¿Y qué?

Que el que se enamora mucho acaba por caer en el matrimonio.

Son cosas que no tienen nada que ver.

¿Cómo que no? ¿Qué fin buscas entonces al enamorarte?

Se quedó distraído como si le hubieran llevado a un pensamiento que le había preocupado mucho. Después, como quien habla solo, dijo:

El amor no busca ningún fin que esté fuera de él.

Estuvo callado tanto tiempo como si hubiera perdido el hilo de nuestra conversación. Pero sin duda cavilaba en silencio, porque, después de beberse una gran copa de champagne volvió al mismo tema.

El amor es muy bonito. ¿Para qué complicarlo buscándole un fin? Me alegro mucho de tener vocación para el arte de amar.

¿Qué dices?

Sí. Tengo verdadera vocación. Lo descubrí por casualidad. Hay dos clases de aberraciones que adulteran el fino arte del amor: la manía de las conquistas y la manía dramática. La primera descamina el amor hasta convertirlo en un jugueteo de vanidad. La segunda lo embrolla con complicaciones trascendentales. Hay que huir de lo uno y de lo otro; se debe querer de veras, enamorándose, y se debe evitar siempre el drama. Sentir el arte sinceramente (no para que lo vean los demás) y no salirse del arte.

Yo lo entendía con dificultad. Sólo más tarde, después de oír todas sus confidencias, se me apareció claro el sentido de sus pensamientos. Si es que pueden llamarse pensamientos los disparates que dijo:

Cuando yo empezaba a vivir (a eso de los trece o catorce años) caí, como todos los niños, en la exageración dramática. Me enamoraba de muchachas mayores que yo y me enamoraba atormentadamente, ocultando la agrandándola en mis pensamientos, padeciendo horrores cuando ella (la elegida) hablaba con otro o era novia de otro. Esto le pasa a todos los chicos y de ahí viene la idea dramática más bien trágica del amor. Se ve a la mujer como ser inasequible, destinado a que nos atormentemos por a que la anhelemos siempre sin conseguirla nunca.

Es verdad. Así lo hemos visto los dos.

Todos. Por lo que a mí me toca puedo decirte que llegué al pesimismo más desconsolador. Estaba seguro de que jamás serviría para lograr el cariño de una mujer, de que cualquier rival me vencería en las concurrencias. Por fortuna, como les pasa a todos, el verdadero sentido del amor se reveló a su tiempo. Se me reveló por casualidad.

¿Cómo?

Verás. Acababa de salir del colegio. Una tarde iba con varios amigos cuando alguien propuso tomar un cock-tail en un cabaret. Ya sabes la aureola de perversión que para un chico de diez

(Faltan líneas)

fijado en mí. La próxima vez que me vio me hizo mucho más caso. Empezamos a pasear por un jardín y ella a darme buenos consejos. «No bebas, Alarico, me han dicho que bebes mucho». «¡No!» auguré. «Sí, (dijo con tristeza) sé que bebes y que vas a sitios que están muy mal».

Aquello de que una muchacha se interesase por mi suerte me conmovió en lo más vivo. Hasta entonces había visto a la mujer como objeto eminente y casi inasequible, sólo destinado al culto; me parecía imposible conquistar a una mujer, pero en aquel momento, al verla acercarse a mí, empecé a sentirme fuerte. Creo que ensayé como pude una declaración. Creo que no fue rechazada. Creo que me pareció ser el único hombre que había logrado en el mundo el cariño de una mujer.

¡Como Don Juan!

Lo mismo, Sino que yo sólo pensé esa tontería la primera vez, a los diez y ocho años, y los Don Juanes la piensan siempre.

¿De modo que el haber pasado por golfo te valió la primera conquista?

Justamente. No sé a que se debe esa admiración de las muchachas buenas hacia los niños malos. Pero en cuanto empieza a murmurarse que tienes suerte en los sitios prohibidos empiezas a tenerla en los demás. Ya ves que mi fama era injusta; no hubiese llegado a nacer sin el tonto afán de Rafaelito Lera por fingirse enterado de la vida de cabaret. Pero injusta o no aquella fama me dio en mis primeros años cierto relieve.

Y después de los primeros años.

No. En cuanto llegué a hombre no necesité ya de disfraces. Ningún hombre normal los necesita para no ser desagradable a cierto número de mujeres. También ellas me han gustado a mí; te aseguro que he sido muchas más veces conquistado que conquistador.

¿Te gustan las mujeres, eh?

Verás...

Alarico, con gran sorpresa mía, hizo un gesto de relativo disgusto.

¡Hombre! —dije.

Reconozco que la mujer es un ser muy imperfecto.

Pero insubstituible.

Esa es la cosa. Ahora que para conservar un poco la ilusión no se debe profundizar mucho en ellas ni amarlas durante mucho tiempo. Hay una regla sobre todo: nada de caer en la monomanía amorosa, nada de considerar el amor como un fin trascendental. El amor es simplemente un pasatiempo fino, pero nunca debe desquiciarnos. Quien se suicida por contrariedades amorosas, está tan loco como uno que se suicidase porque se le había descompuesto el violín.

Hombre, no digas eso —repliqué indignado—. Los idilios, las pasiones son algo mucho más grande.

Son exageraciones de mal gusto; son abusos caricaturescos de un sentimiento que, bien medido, puede ser muy agradable. Lo que falta es eso, el sentido de la medida.

La falta de medida lleva a disparates como el casarse por amor.

¿Pues por qué debe uno casarse?

Por deber, por reflexión, para ordenar la vida.

¿Y no se debe estar enamorado de la mujer?

No digo que no. Es un aliciente agradable para la primera temporada, pero no debe ser nunca la base en que fundemos la felicidad. Después de seis meses ya no existe el amor; como no cuentes con otro sostén para el resto de la vida conyugal ya estás divertido.

Una vez estuve enamorado de dos.

No es posible.

¡Es posible! Una tenía los ojos negros, luminosos, ardientes, la boca roja, jugosa, la piel de un blanco caliente como la fiebre de las tentaciones: y el pelo muy negro. Y unas ojeras muy oscuras y unas manos muy pálidas que palpitaban cuando yo las oprimía. La otra era rubia, melancólica; parecía su cara la fina cara de marfil de una imagen antigua; sus ojos eran dulces, profundos, tristes hasta en el sonreír, sus manos buscaban a mis manos sumisamente, como suplicando una caricia. Una era la llama que enloquece, otra el hogar que acompaña y templa. Una encendía la pasión, otra ganaba suavemente el cariño.

¿Y por eso te enamoraste de las dos?

Por eso. El espíritu no es una cosa inmóvil, rutinaria, que siempre contente con lo mismo; tiene altibajos y vaivenes; pasa fiebres y decaimientos. Por eso aquellas dos mujeres tan distintas me completaban tan bien. La muchacha rubia de los ojos dulces era el refugio de mis descansos; la morena de los ojos ardientes era el entusiasmo de mis deseos. A veces me olvidaba de la niña rubia; ¿cómo no, si mi carne tenía veinte años? A veces apartaba de la otra; ¿cómo no, si mi alma en ocasiones se sentía vieja?

Entonces —le dije— no estabas enamorado de las dos al mismo tiempo, sino de una o de otra, según el estado de tu espíritu.

No; estaba siempre enamorado de las dos. A veces, ya te digo, dominaba en mí una u otra; pero lo normal era que las dos me llenasen por entero. Las quería igual porque las dos eran necesarias para mi espíritu. Casi siempre aparecían en mis sueños las dos juntas.

Y en la realidad, ¿las veías a las dos?

Pero no juntas. A cada una en su ambiente y a su hora. Iba a verlas según mi estado interior. Lo que puedo asegurarte sobre todo es que a las dos las quería, con hondo y verdadero cariño.

Sin embargo nunca te declararías a ellas.

¿Por qué?

Porque me has dicho que no se debe engañar a las mujeres, y al que a las dos engañabas a la una con la otra.

Nada de eso. Sin embargo luego verás lo que pasó. Hizo una pausa como para alejar en lo posible la parte desagradable de su relato. Luego siguió su evocación con el mismo entusiasmo poético que le hacía hablar aquella noche de manera desusada:

Las quería a las dos. A la rubia nunca se lo dije, pero harto se lo daba a entender con el modo de mirarla, con la manera de hablarla, con aquella especie de adoración que había en mí cuando estaba junto a ella. Las horas se me iba a su lado sin sentirlas, porque me ganaba el alma de tal modo que se me olvidaban todos los accidentes de la realidad: no había tiempo ni mundo ni vida fuera de ella. A la otra sí se lo dije; se lo dije cuantas veces la vi y con todo el entusiasmo de mi cuerpo y de mi alma: «¡Te quiero, te quiero!».

Perdona Alarico, pero creo que las engañabas.

¿Crees que mentía al decirles «te quiero»?

Supongo que no, pero una mujer que oye esa declaración siempre piensa que es la única elegida. Y al dejarlas en el error, que no se te podía ocultar, las engañabas.

Eso pensé, y como jamás he aceptado la mentira en mis experimentos amorosos, decidí explicarles la verdad. Empecé por la morena.

¿Sí?

Sí. Verás.

Calló otro poco. Siguió después:

Una tarde llegué a verla como siempre y le dije: «Te quiero tanto que sin ti dejaría yo de ser yo, porque eres la mitad de mi espíritu. Te quiero tanto como a la otra, a la que forma la otra mitad.»

¿Así se lo dijiste?

Así.

Se indignaría.

Me parece que le molestó. Por lo menos me miró con asombro extraordinario. «Ah (me preguntó) ¿pero quieres a otra?». Sí, a otra completamente distinta a ti, opuesta a ti más bien. Las dos me llenáis por completo; sois para mi espíritu como para un pájaro las dos alas. Si no te tuviera a ti mi alma se perdería en los momentos de ardor. Si no la tuviera a ella ¿qué iba a ser de mí en los ratos de decaimiento?». ¿Crees que estuvo conforme?

Temo que no.

Aciertas. Tomó aquello como un insulto; me dijo casi tus palabras: «eso es engañarnos al mismo tiempo» «¿Cómo engañarnos? (le dije). Si he sido yo mismo quien te ha declarado esto para que no puedas tenerte por engañada. ¿Y crees que la otra no lo sabrá también?». «Entonces eres un cínico». No pude entenderla. «¿Por qué?» (le dije). Se detuvo y bebió un poco de champagne. ¿Sabes por dónde salió? Pues salió por un tema del que jamás habíamos hablado, acerca del cual jamás había salido de mis labios la más ligera insinuación.

El matrimonio.

Justamente. «Eres un cínico (me dijo) porque no vas a casarte con las dos.» «¡Ah no! —le contesté—. No pienso casarme con ninguna. Nunca os he hablado de eso».

¿Querrás creer —concluyó después de una pausa— que tomó mi sinceridad por burla? ¿Querrás creer que se empeñó en ver una falta de respeto en aquella sencilla manifestación de un estado espiritual? Desde aquel día me miró como si la hubiera traicionado. No entiendo por qué.

________________

que estás enamorado de Isabel Tejar.

Es cierto.

¿Y no te vas a casar con ella?

No —Contestó con toda seriedad——. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra?

¡Hombre!

Una cosa es la vocación para el matrimonio y otra la vocación para el amor. El amor nunca dura toda la vida: es decir: el amor-cariño, sí, pero el otro. Esto es un poco confuso porque con una misma palabra (amor) expresamos muchas cosas. Igual decimos amo a mi padre que amo a mi novia.

Son cosas distintas.

¡Y tan distintas! Como que el afecto no amor (lo diré así), el que profesamos a nuestros padres, a nuestros hermanos, no se puede negar; mientras que el amor, el que dedicamos a las novias, me parece que no existe. No puso el menor énfasis en la última frase. La pronunció con la misma indiferencia que el que dice «No tengo pitillos». Mi cara debió revelar mucho asombro.

Nosotros, los habitantes de las naciones civilizadas, hemos inventado este sentimiento. Y hemos hecho bien; las cosas deben embellecerse.

¿Y antes de inventarlo, no existía el amor espiritual?

¿El que sientes hacia tu madre?

No, el amor espiritual hacia una novia por ejemplo.

No existía ni existe.

Muchos hombres —alegué— se han enamorado de mujeres que jamás podrían llegar a ser suyas.

El Banco de España —contestó— nunca será mío; yo siento, sin embargo, un gran deseo de poseer el Banco de España. Por lo tanto mi amor hacia él es espiritual.

No tiene nada que ver.

¿No? Yo creo que sí. ¿Qué importa el saber que nunca será tuya la mujer a quien quieres? Eso podrá indignarte, podrá entristecerte, podrá exaltarte hasta el misticismo; pero ¿qué tienen que ver esas consecuencias de tu amor fracasado con la naturaleza misma del amor? Lo que te atrae hacia la mujer es su juventud, su belleza, acaso su espíritu, pero siempre la mujer. Si fuera sólo nuestro espíritu lo que se enamora de las muchachas igual nos enamoraríamos de las viejas o de los hombres.

¡Qué disparate!

¿Disparate? En los casos más escogidos de amor espiritual juraría que el amante, al soñar con la amada, imagina, por lo menos, que la besa en las manos.

Bebió otro poco de champagne y ello me hizo pensar que acaso estaba ebrio. Después de beber recogió la idea que había dejado sin cerrar:

Soy muy aficionado al amor. Sé que es una mentira, pero es un arte. Todas las artes son mentiras, y cuanto más refinadas, más, Pero no por mentirosas son menos agradables. Quizás tenga vocación para el arte de amar, pero de ahí no puedo deducir que sirva para marido. No sé si pasada la temporada de amor sabré sustituirlo por el afecto familiar, por el puntual cumplimiento de los deberes de marido y de padre ¡qué sé yo! ¿Por qué voy a creer que un hombre que sirve para novio ha de ser un buen marido? Supónte que tú tocas muy bien el violín ¿vas a pensar por eso en dedicarte a ingeniero de minas?

Creo que estás borracho, Alarico —le dije.

________________

Sonrió muy distraídamente como si estuviera hablando solo. Luego empezó a hablar sin mirarme.

Verdaderamente el amor es bonito. Ahora me encuentro con verdadera vocación para él.

Porque tienes suerte.


Volvió a ponerse serio.

¿Crees que me halaga esa leyenda de irresistible? Pues te aseguro que se la debo a la casualidad.

Sí. Verás como empezó. Acababa de salir del colegio. Una tarde iba con varios por la calle Alcalá cuando alguien propuso tomar el cock-tail en un cabaret. Ya sabes la aureola de perversión que para un chico de diez.

¿Y la afición a lo trágico? Las mujeres tienen decidida inclinación a complicar el amor no sé por qué. Yo tenía una vez una novia monísima; la quería mucho. ¡Si vieses qué mujer más magnífica se hubiera podido hacer con aquella novia!

Era joven, noblota, un poco arisca pero cariñosa como un cachorro. Tenía el espíritu poco cultivado, pero como era callada evitaba decir tonterías. ¡Que bonita además! Cuerpo fino, flexible, no muy alta; la piel mate y la boca encendida, los ojos profundos, el pelo muy negro ¡Qué mujer! Calló unos momentos para recordarla.

Puse todo mi cariño en la obra de modelar aquella mujer. Tanto cariño que llegué a quererla. He dicho que fue mi novia, pero no es esta la palabra. Novia es la mujer con quien tienes convenido casarte; yo nunca pensé casarme con ella, ni se lo prometí. Jamás he engañado a una mujer. Aquella tampoco fue mi novia.

¿Qué fue entonces?

No sé... Nunca he tratado de clasificar mis sentimientos. Yo la quería y ella a mí. Ni mi celibato ni la moral peligraban nada con que nos quisiéramos. Yo pasaba ratos y ratos junto a ella diciéndole cosas del mejor gusto y ella las oía en silencio. Rara vez contestaba, pero creo que su espíritu recibía bastante bien mi influencia.

¿No habló nunca?

Un día habló. ¡Qué lástima!

Cuéntame.

Estábamos solos. Habíamos pasado la tarde junto a una chimenea tan recogidamente que nuestros espíritus llegaron a utilizarse; eran los momentos justos del cariño. Yo le cogí una mano y con fervorosa sinceridad le dije: «Te quiero». Ella no dijo nada. Yo la miraba a los ojos y notaba —creía notar— dentro de ellos brillo de emoción. Le pregunté «¿me quieres?». No me contestó. Volví a preguntarle: «¿No me quieres?». Siguió callada. Aquello empezó a molestarme. Estaba seguro de que me quería ¡pero hubiese sido tan agradable oírselo decir! Insistí: «Dime que me quieres, dime que me quieres». Por fin abrió la boca: «Te lo diré cuando no me lo preguntes». «¿Y por qué no ahora?» «Porque me lo estás preguntando». «Pero si es ahora, justamente en este momento, cuando más querría oír que me quieres» «Ahora no te lo digo»: Contrariado, me empeñé en obtener la declaración por sorpresa: «¿Verdad que me quieres?» —Pregunta. Sólo tenía que contestar «Sí»; ¿crees que lo dijo? ¡Pues no lo dijo! Probé desde el otro lado «¡Ah, bueno; es que no me quieres!»- ¿Crees que protestó? No protestó. Se había encerrado en el propósito terco de no decirme la frase halagüeña. Yo por mi lado lo tomé ya como empeño de amor propio: rogué, supliqué, ordené: «Dime que me quieres, ¡dime que me quieres! ¡¡dime que me quieres!! «Cuando no me lo preguntes». No hubo modo de vencer su resistencia. Al final de la porfía estábamos los dos fatigados, malhumorados. Duró largo rato nuestro silencio y yo por fin resumí en un discurso mis reflexiones. «El amor —le dije es un afecto destinado a endulzarnos la vida, no a amargárnosla. Si verdaderamente me quieres y diciéndomelo me puedes hacer feliz un largo rato, ¿por qué no me lo dices? ¿No ves la incongruencia entre tu cariño, que debe apetecer mi bien, y tu terquedad que me contraría? No lo entiendo, no lo entiendo. Para mí una sonrisa tuya es un premio porque me revela que he sabido complacerte en algo; yo en cambio te brindo una ocasión de complacerme y te gozas mortificándome. Ya ves lo que has logrado: hace un instante nos embargaba la felicidad: estábamos unos instantes sublimes y tú, en cinco minutos, por una aberración inexplicable has roto el encanto de tal modo que ya no podremos recuperar el momento perdido. ¿Es esto el amor? ¿Es eso querer? ¡No! Luego añadí, completando mis consideraciones: Yo llevo una vida bastante inquieta: tengo numerosas preocupaciones y mucho que hacer. Necesito el amor como recinto de paz como agitación que me desasosiegue. Por lo mismo que te quiero mucho hallar en ti lo más grato y lo más amable de mi vida.

Debiste conmoverla.

La conmoví. Me oía callada como siempre, pero su mirada era cada vez más profunda. Casi estábamos tan extáticos como al principio.

Y entonces...

Entonces un demonio despertó también en mí el sentimiento de lo dramático. Quise poner a prueba nuestra emoción. ¿Para qué? No me lo explico; nos encontrábamos admirablemente, ¿qué falta hacía exponernos a enturbiar aquel rato delicioso? Pues sin embargo ¿sabes lo que hice?

¿Qué?

Volver al punto peligroso. Volví con todas las precauciones. Tenía un motivo serio para volver: el deseo de comprobar la eficacia de mi influjo sobre aquel alma que trataba de modelar. Pero sobre todo me impulsaba la morbosa voluptuosidad de torturarme. Empecé suavemente: «Eres mi ilusión, eres mi vida. Cuando algo me disgusta en ti padezco como no te puedes imaginar, porque te quisiera perfecta como las estrellas del cielo.» Hice una pausa; el temor a la prueba me detenía; por fin me arriesgué: «Te quiero más que a la felicidad: y tú ¿me quieres?»

Alarico se quedó callado y su entrecejo se ensombreció. Quise

(Falta texto)

Todavía no estaban encendidas las luces del saloncito, por el balcón entraban las últimas de la tarde. La claridad desmayada del crepúsculo también resbalaba entre nuestros corazones, que se escuchaban uno a otro. Era uno esos minutos en que el tiempo responde y en que parece que sólo nos sujeta la vida, como un tenue hilo, cierta lejana comezón de llanto.

¡Qué he de olvidarte! —dijo— y sus ojos se quedaron abiertos, profundos, ante mis ojos.

¿Me quieres?

Solo con movimiento apenas perceptible de la cabeza me dijo que sí.

Como a un hermano ¿verdad? Casi como a un padre.

No me dijo nada.

¿A que nunca se te ocurriría quererme como a un novio?

Sus pupilas, en silencio, se dilataron y se volvieron a contraer dos o tres veces, en un movimiento anchuroso. Dentro de la corona del iris —verde con luz dorada— los puntos agrandados de sus pupilas acariciaban como el terciopelo.

PARA LAS «OBSERVACIONES»

Has escrito un libro de poesías. Pase. Pero después lo has publicado. Eso ya no debe pasar.

Si tus versos fueran extraordinariamente buenos, tendría disculpa el atrevimiento de publicarlos. Si fuesen intolerablemente malos, su propia maldad contrarrestaría el atrevimiento.

Lo peor es que sin ser buenos del todo (¿para qué te voy a engañar?) tienen cualidades atractivas, bastantes para recoger sobre ellas las miradas y los comentarios.

Y aquí es donde empieza a mostrarse la falta. Has expuesto a las miradas y a los comentarios públicos cosas íntimas tuyas. Porque tus versos son versos sentidos; eso es lo peor. Ojalá fueran estúpidas divagaciones en forma rimada acerca de temas indiferentes. Pero no; tus versos revelan cosas íntimas, momentos espirituales hondos. No entiendo cómo no tiemblas de rubor al publicarlos.

Si fueran muy buenos, muy buenos; si esas emociones íntimas que poco más o menos sentimos todos, las hubieras expresado con tal belleza que ocultase el impudor de declararlas, tus versos habrían llegado a aquella cumbre del arte donde las acciones no se miden por el criterio normal, sino en virtud de otros valores superiores eternos.

¡Pero salir a la calle con el alma abierta para no decirnos nada de particular!

Permitirme una imagen un poco atrevida. No está admitido en sociedad el andar desnudo. Si cualquier señora se mostrase un día desnuda a la pública curiosidad, es posible que la multitud la apedrease por indecente. Sólo si el cuerpo de esa mujer era una maravilla, lograría suspender, con el pasmo de la admiración, los rigores de la protesta.

Quiere esto decir que sólo quien posea un desnudo perfecto puede encontrar disculpa para lucirlo. Y quiere decir también que sólo a quien exprese insuperablemente, alcanzando maravillosos efectos de forma, los latidos de su vida interior, se le puede tolerar que salga a la calle con el alma desnuda.

¿Ves ahora lo que has hecho? Yo te quería para mí, para sentirte, para entenderte. Ahora eres un poco de todos. En el momento de darte el beso más íntimo vendría un pensamiento incómodo a ahuyentar mi sensación de intimidad. ¿Cómo dejar de recordar que tu alma se ha entregado en pedazos, sin arte y sin grandeza, a todos los compradores de tu libro? ¿Cómo olvidar que ya no soy yo sólo quien te entiende y te interpreta, sino que cada individuo que haya manoseado tus versos pueda opinar sobre tu espíritu con el mismo derecho con que los espectadores de un drama censuran el trabajo de la actriz?

He aquí porque después de lanzarte a la literatura, sin el talento bastante para ser crítico severo de tu propia obra, yo ya no puedo quererte tanto.

¡Si vieses cómo lo siento!

PARA LAS «OBSERVACIONES»

La actitud tranquila ante la mujer que ya no nos importa y que trata de darmos celos con otro.

«OBSERVACIONES DE "ALARICO ALFÓS"»

Un día de equilibrada conversación con ella, Se siente clásico. Los encantos de la vida ordenada. El amor tranquilo. El equilibrio.

Se encuentra con Julián. Unas copas. Una conversación sin prisa. Es tarde para ir a casa. Cenaremos por ahí. La cena en la cervecería. ¡Como estudiantes! Charla sin límites. Esto, en total, no es nada, y sin embargo ¡qué agradable es poder hacer en cada momento lo que se quiere! ¡Cómo se saborea la vida sin método!

PARA LAS «OBSERVACIONES»

Carta de una de ellas

No: no te admiro nada por tu generosidad. Me dijiste que me querías, y sin embargo en cuanto hubo un pequeño roce entre tu amor y tu caballerosidad, la caballerosidad venció al amor.

Pero lo venció a costa mía. Viste que me quería también el otro. El otro era tu amigo. Y para portarte generosamente con tu amigo me cediste, renunciaste a mí.

¿Qué consideraciones pesaron en tu ánimo en la lucha que debió preceder al renunciamiento? Pesaron la amistad, la generosidad, la caballerosidad... pero yo no pesé nada. Yo, que era la más importante figura de aquel drama espiritual, fui sencillamente a tus ojos una cosa, un objeto de cortesía que se cede para quedar como un caballero.

No calculaste que yo podía quererte y que podía no querer al otro. No tuviste en cuenta la solución que yo podía apetecer, sino la que más gallardamente te dejaba a ti. Y me cediste como se cede una silla, sin que a una mujer no le es indiferente, como a una silla, la mano del que va a ponérsela.

¡Qué satisfecho te quedarías de tu obra! ¡Y que tranquila sensación debió dejarte de obra acabada, de preocupación que desaparece! ¡Hombres egoístas! De seguro que más que nada te movió a renunciar a mí el apetito de la tranquilidad. Una mujer, en cuanto se la ha querido algún tiempo, pasa a ser un estorbo para vosotros, los que queréis (¿queréis?) a tantas. Yo era ya un estorbo probablemente para tu independencia salvaje. Necesitabas salir de mí. Pero no todas las salidas son correctas y tú, como es natural, un caballero como tú, solo podía dejarme correctamente. ¿Para qué querías más que aquella estupenda solución, con aire de sacrificio, que te libraba de mí y hasta te dejaba satisfecho de haber cumplido como amigo leal? De un lado te portabas caballerosamente con el otro, y de otro lado desatabas toda obligación para conmigo, con la ventaja de que, encima librarte, tenías derecho a imaginar que habías realizado una obra magnífica de abnegación.

Y con esa doble complacencia que no solo acallaba todos tus posibles remordimientos, sino que hasta te enaltecía a tus propios ojos, me cediste como se cede a un mueble, indiferente a que yo te pudiera querer.

PARA LAS «OBSERVACIONES»

Mi caso con Mercedes. Creo que me llegaría a querer. Pero para el otro es el centro de la vida. El no podría vivir sin ella; yo sí. No debo estorbar una felicidad.

(El modesto, inofensivo, poco rival. Mi único rival es mi honradez).

LAS OBSERVACIONES DE ALARICO ALFÓS

D. Agustín Iral

Licenciado en Derecho y en Filosofía. Aspiró, en tiempos, a ganar una cátedra de Instituto, pero le derrotaron. Está (ilegible) el vocabulario de Cervantes, labor de chinos. Cada día forma unas docenas de papeletas que va alineando. Da lecciones. Escribe versos de académica correción. Se queja de su mala suerte. Está enamorado de su mujer. Tiene una hija y un hijo. Por el hijo siente adoración.

Presidente del Consejo

D. Agustín Iral

                                    La madre

II Muerte del padre      Los juerguistas viejos

(18 años)                     El criado antiguo que me llama

                                    El (ilegible)

                                    La (ilegible) de electores

                                    Señores.

                                    Niñas.


                                    Está enamorado de una niña. O lo cree.

                                    Mayo. Los exámenes cerca. La ventana abierta

III Rafaela                    (ilegible) del Retiro. Rafaela viene a ver a

                                    su madre, que no está. Unas copas de (ilegible)

                                    Rafaela lo piropea. Le coge la cara. Lo besa...

                                    (ilegible) en el pañuelo. Vergüenza y vanidad.


                                    No (ilegible) la lección, pero ha hecho unos

IV la lección y             versos: (ileg.) mi boca la esencia de sus besos

los besos                    ¡Pero el Derecho Internacional!

                                      —El (ileg.) de siempre

                                    El vocabulario de Cervantes.

A ti, la imposible, por la que mi vida de apariencias vanas arde a fuego lento en la llama heroica, perenne, escondida, purificadora, del renunciamiento.

ALARICO ALFÓS


(Esto ya no va en la novela).

Con éxito.

Eso es lo de menos. Lo interesante es que aquel episodio me hizo entender el amor tal como es.

________________

El amor es un arte —dijo después—. Mentiroso como todas las artes, pero bello como todas las artes. Es el más agradable refinamiento de la civilización.

JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA

LAS OBSERVACIONES PERSONALES DE ALARICO ALFÓS

Colegio, carrera.

Primeros amores.

¿Cuál es la postura propia para las declaraciones de amor?

Historia del primer fracaso. (Aparece Carlos Herrera)

Borrachera, etc.

Historia del primer triunfo (*)

La verdadera apostura del amor.

Viajes.

Carlos Herrera.

Dos amores al mismo tiempo.

Ensayo de una teoría acerca del amor.

Medios y fines.

El matrimonio.

La afición a las contrariedades amorosas.

Tengo que matar a Carlos Herrera.

Celos.

Conveniencia de ser amigo de los criados.

Don Juan Tenorio no me es simpático.

Las conquistadoras.

El arte de hablar en voz baja.


   1. La confianza con los criados.

   2. Crítica de Don Juan. La vanidad. La falsedad.

   3. La primera conquista.

   4. Las dos.

   5. La afición a lo dramático.

   6. El amor.

   7. El matrimonio.

   8. La mujer.

   9. Borrachera.

-22-

Chucherías para entre horas, en tal medida que Enrique empezó a empacharse y además se dio cuenta de que pronto comenzaría a engordar. Al cabo de dos meses aquella dulce alianza de la cocina y el amor no bastaba ni con mucho para llenar los ocios interminables de la vida tranquila.

Una tarde, sentados uno frente a otro, se miraban. La mujer tejía una de esas labores que no acaban nunca.

ALARICO ALFÓS


CONFIDENCIAS DEL POBRE ALARICO ALFÓS

CONFIDENCIAS DEL POBRE ALARICO

La fiesta aburrida. Alarico con su botella de champagne. «Conozco por sus nombres a todos los criados de Madrid». Nos conocíamos poco. «¿No bailas?». No; estoy aburrido.

Lo de las bodas. Deseo que se casen bien todas. Conmigo no. Estoy un poco chiflado y probablemente no lo pasarían bien conmigo. ¿Por qué no te casas tú con Isabel (ileg.)? Estoy enamorado de ella... ¡Hombre! ¿Serás como otra novia mía...? Consejos: ¡Eres repugnante!

El amor a dos... No me entendió: ¡Que infamia, nos estás engañando a dos! ¿Engañando? Si acabo de decírtelo y a ella también. ¿Pero cómo vas a casarte con las dos? No pienso casarme con ninguna; jamás he hablado de tal cosa.

Una señora casada. ¿Por qué se imaginaron aquello? ... El marido: Eres un canalla. Te desafiarás conmigo... Yo le advertí tranquilamente:... El se convenció. Pero lamento mucho haberte privado de la satisfacción de desafiarte. Si tienes mucho empeño me desafiaré contigo. No tengo ningún motivo... ¿Ah? Creí que lo hacías por el motivo! Creí que lo harías porque te divertía.

¡Qué suerte la gente que tiene motivos!

Lo de la hija de los Duques.

Mujeres: 1. La primera que se interesa, (Lala).

               2. Las simultáneas.

               3. Las simultáneas.

               4. La terca.

               5. La tonta.

               6. La conquistadora.

               7. La que quiere dar celos.


Otra vez la segunda. Ya no me importa

Cómo se llega a la heroína. ¿Tendré que matar a Carlos?

Manera de arreglar las cuestiones personales.

6. Camino del matrimonio

Celos.

¿Qué te pasa, chiquita?

Preludios de matrimonio...

7. Apéndice

Carta de Alarico al recopilador.

Carta del recopilador a Alarico.

Contestación de Alarico al recopilador.

300 cuartillas

200 a máquina.


Después de todo esto

es lo que viene haciendo

desde bastante atrás tu amigo

que te abraza

Alarico

(Aparece un dibujo de dos caras)

1. SUCESOS ANTERIORES A LA FAMA DE CONQUISTADOR

Nacimiento

Infancia.

Educación.

Enamoramientos platónicos. Carlos Herrera.

Ensayo de conquista. (¿Cual es la postura?)

2. PRELIMINARES DE LA FAMA DE CONQUISTADOR.

Queen Alexandra Flip.

No debes beber.

La mujer vista de cerca. ¿Una conquista?

Otra vez Carlos Herrera.

Reflexiones amargas.

La conquistadora.

Los hombres no podemos elegir. Es preciso dedicarse a las conquistas.

3. ÉPOCA DE CONQUISTADOR

¡Carlos Herrera!

La primera

¡La segunda! (Esta será la futura protagonista)

¡¡La tercera, la cuarta!!

Frente a Carlos Herrera. ¡Gano!

4. LA FAMA

El arte de hablar en voz baja.

Don Juan Tenorio no me es simpático.

Ensayo acerca del amor.

Mistificaciones del amor. Lo trascendental y lo dramático.

5. EXPERIMENTOS

Las dos.

Reflexiones acerca del matrimonio.

¡No te quiero!

Para el concurso de novelas cortas de BLANCO Y NEGRO



Have Something To Say About This Topic?

Do you have a great information to add or an opinion to express about on this topic? Share it!

New! Comments

Have your say about what you just read! Leave me a comment in the box below.