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AZAÑA

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

Azaña es un artículo de José Antonio publicado en Arriba, núm. 11, 30 de mayo de 1935.

Este artículo esta incluido en Tomo III de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera que lleva el subtitulo Hacia el Final comprende el periodo desde el nacimiento del semanario "Arriba" el 21 de marzo del 1935 hasta su muerte el 20 de noviembre de 1936.


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AZAÑA

Hubo un momento en que pareció que el señor Azaña iba a ser el hombre de la República. Cuando se formó el Gobierno del 14 de abril, una de sus figuras menos conocidas para el público era el ministro de la Guerra. A las demás se las conocía de sobra y –fuera, si acaso, de las socialistas– no parecían prometer mucho: llegaban al Gobierno con una vejez de estilo desconsoladora. Los Domingo y los Albornoces atufaban a viejo republicanismo de club, más apolillado que los morriones de 1822. Y en cuanto al grupo intelectual y a la juventud universitaria de la revolución, o se les había dejado en un semisilencio extraoficial o se les relegaba a puestos secundarios. El primer Gobierno de la República nació teñido de mediocridad de charanga: era un anticipo muy estimable de los que hemos tenido después de 1933.

Pero de pronto surgió Azaña. Su aparición parecía el augurio de un cambio de estilo. Azaña no era popular: era un intelectual de minoría; un escritor selecto y desdeñoso; un dialéctico exigente, frío, exacto y original. Desde que había surgido ante las candilejas de la actuación pública resonante se había mostrado como aparentemente libre de la mediocridad colectiva y como absolutamente despectivo para las aclamaciones. Era, sin duda, un sujeto político del mayor interés: un hombre llegado al primer puesto de mando, casi sin compromisos ni esfuerzos, en una época singularmente propicia, y que preparaba el instrumental para recortar un pueblo a su talante. Los viejos radicales y radicalsocialistas no tenían nada que revelar; este ateneísta arisco y misterioso podía, acaso, realizar experiencias sorprendentes.

¿Cuál fue la causa del fracaso de Azaña? Es posible que se sobrepusiera quién sabe qué antiguo resentimiento individual a sus condiciones de político. Es posible que esas condiciones externas – y extraordinarias– de político se malograran en la inutilidad por falta de un aliento fecundo. Azaña o la infecundidad podría llamarse el ensayo que sobre él se escribiera. Todo un juego complicado y preciso de palancas y ruedas dentadas.... pero sin motor.

Azaña se entregó a una especie de esteticismo de la política que acabó por ser un esteticismo de la crueldad. Sus mejores obras, las que no fueron simples torpezas agresivas, fueron filigranas inútiles. Como con un sentido deportista de la Historia, realizaba sus jugadas por el deleite de la jugada misma, no por el resultado; imitaba a esos campeones de la carrera a pie, por ejemplo, que no corren por la meta –donde no les espera nada–, sino por el recorrido. Su política fue, de esta suerte, una política monstruosa. Para los que no podían percatarse del alambicamiento estético que encubría, era como una tortura diabólica e ininteligible; España pasó por las manos de su dictador como por las de un masajista asiático, entre fascinada y atormentada; el día que salió de su poder experimentó el alivio de quien vuelve al reposo.

Era de esperar que el señor Azaña, cuyas condiciones de analizador parecen preeminentes, hubiera aprovechado la tregua en el aturdimiento de la política que vino a depararle su derrota electoral de 1933, para disecar las razones de su fracaso como jefe del Gobierno. Así, ante el discurso que había de pronunciar en Valencia el domingo, ningún hombre inteligente y responsable pudo sustraerse a un movimiento de expectación. Se aguardaba, por lo menos, un análisis frío, agudo; una crítica cortante y precisa de lo ocurrido en los últimos años; un rasgo original, en medio de la venturosa chabacanería en que vegetamos.

No ha ocurrido eso; el discurso ha defraudado e incluso a los incondicionales. Ni siquiera la limpieza castellana de la prosa que suele avalorar las oraciones del señor Azaña ha rayado esta vez a gran altura. Y en cuanto al contenido, el discurso ha igualado en vulgaridad al más vulgar de los discursos de Albornoz: todo él ha sido un pasodoble de charanga republicana, insoportable por la re–petición del mismo sonsonete: la República, los republicanos, los corazones republicanos, los partidos republicanos... En cuanto a entendimiento del instante político, en cuanto a esquema de un futuro más o menos próximo, ni siquiera una brizna. Toda la anchurosa vaciedad del discurso ha estado transitada de lugares comunes, fuera de algún rescoldo de rencor superviviente. Y –eso sí– de alguna repugnante llamada de compadrazgo a los separatistas catalanes.

Los primeros telegramas de Valencia dijeron que, como empezase a diluviar, el señor Azaña hubo de proponer al auditorio cortar el discurso por donde iba. Sólo ante las denegaciones del auditorio accedió a seguirlo y terminarlo. Ante esos telegramas acometía al lector la extrañeza de que un discurso que debe ser una pieza orgánica, con su estructura predefinida, pudiera cortarse por cualquier lado, como un rosco de Reyes. Leído el discurso, amorfo y hueco como ha salido, se ve que por cualquier punto se le pudo cortar. Y aun por el principio. No se hubiera perdido nada.

LA J. A. P.

En Uclés –¿será un augurio este nombre, evocador de una gran derrota cristiana?– celebró la Juventud de Acción Popular una misa de campaña, cantos y bailes regionales, concentración de jóvenes (?) y abundante emisión de discursos.

Nos percatamos de que los jefes de Acción Popular no van a creer en la sencillez de espíritu con que les aconsejamos. Ello casi nos mueve a dejar de escribir esta pregunta: ¿Opinan, de veras, que sirven de algo a su partido estas mojigangas de la J.A.P.?

Acción Popular, como partido burgués, pragmático, poco exigente en lo histórico y en lo político, ha podido cumplir una cierta misión, y cumplirla con decoro; pero ¿se puede saber a qué viene ese apéndice de la J.A.P.? Se cae el alma a los pies de melancolía viendo esos desfiles blandos y de respetables señores maduros y jóvenes circunspectos en El Escorial, en Uclés o, como ahora anuncia, en Medina del Campo. Y ¿aún nos llaman a nosotros imitadores del fascismo? No hay en esas ceremonias un solo ademán de alguna gracia, una sola voz ritual de buen gusto, que no haya sido tomada por las buenas, no ya del fascismo o del nacionalsocialismo, sino de la Falange, que está más próxima. Pero, en torno a lo ritual, ¡qué falta de tensión, de autenticidad y de peligro! Aunque ahora resulta, según el periódico J.A.P., que en la J.A.P. se corre mucho más peligro que en la Falange, y que nosotros no hemos salido a la calle hasta pasado el riesgo. ¿Qué dirá la sombra entrañable de nuestros dieciocho caídos?

Hombres perspicaces, como el señor Gil Robles, no necesitan ir a Uclés para comprobar lo desabrido del pastel sin liebre de la J.A.P.: tienen bastante con leer el periódic,o J.A.P., órgano del movimiento, que, al parecer, se publica en Madrid. Este periódico –fiel al lema de "ni derechas ni izquierdas", recientemente adoptado por la J.A.P., y que también nos suena– se esfuerza en simular una demagogia revolucionaria pour épater le bourgeois; pero le pasa con la demagogia lo que ocurre en las representaciones teatrales de los colegios religiosos, en que los amantes son sustituidos por hermanos, para evitar complicaciones psicológicas a los alumnos: las baladronadas resultan de un sosera desconsoladora y denuncian a medio kilómetro el calor con que son escritas. He aquí algunas muestras, tomadas al azar, del número 19 de J.A.P.

"Aquí, en Madrid, estercolero del enchufismo español, hay también un derechismo del tipo más cerrilmente egoísta. A las maravillosas mujeres de nuestro partido no quieren ni darles los datos para el censo. En algunas casas de derechas, de esas casas con piano de cola y perro de lanas, les dan con la puerta en las narices."

"Aconsejamos a esas valientes compañeras de trabajo que hagan la lista negra de esta gentuza."

"Preferimos a los sindicalistas."

"Mejor que con esta chusma dorada nos entenderemos con gentes de ideales, aunque estén enfrente de nosotros. A la gente de ideales se la puede convencer. Al que piensa con el estómago no le preocupan más que las malas digestiones."

"Algunos policastros que, tras espléndida comida y repleto el estómago, se sientan en el bufet de ese gran casino llamado "Parlamento", parecen estar dispuestos a boicotear el proyecto de paro obrero de "Salmón". Dificultades, pegas... Lo de siempre: lo perfecto, enemigo de lo bueno."

"Sepan los tales, aunque se digan nuestros amigos, que ni Acción Popular ni España toleran el juego. ¡Con el hambre de los obreros parados no se juega!"

Es lástima que prosa tan incendiaria no llegue a los obreros y sí sólo a algún que otro pacífico afiliado a Acción Popular. Quizá J.A.P. penetrase en los medios populares si se decidiera abiertamente a seguir su vocación de periódico festivo. ¿Por qué no lo intenta?

LA APOTEOSIS EN EL BANQUILLO

Se está viendo ante el Tribunal de Garantías la causa contra Companys y sus codelincuentes en el alzamiento de la Generalidad. No vamos a hablar –ni podríamos– sobre el juicio que nos merece el procedimiento seguido por el claudicante Estado español frente a la traición repugnante de los consejeros barceloneses y de sus cómplices. Lo que no puede pasar sin protesta asqueada es la conducta de algunos periódicos de izquierda, que han aprovechado la ocasión para ventear las figuras de Companys y comparsa en una profusión de informaciones y fotografías –¡con la autorización de la Dirección General de Prisiones!– que equivale a una glorificación.

No haya hipocresías: cuando hay periódicos capaces de conducirse así con los traidores a España, la única respuesta adecuada es su extirpación terminante por cualquier medio.

(Arriba, núm. 11, 30 de mayo de 1935)




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