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EL ALIJO

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

El alijo es un artículo de José Antonio publicado en Arriba, núm. 2, 28 de marzo de 1935.

Este artículo esta incluido en Tomo III de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera que lleva el subtitulo Hacia el Final comprende el periodo desde el nacimiento del semanario "Arriba" el 21 de marzo del 1935 hasta su muerte el 20 de noviembre de 1936.


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EL ALIJO

Se representó en las Cortes, durante dos tardes, con llenos hasta rebosar, la farsa del alijo de armas. He aquí su bonito argumento: las derechas, ejemplarmente mansas desde noviembre de 1933, se han decidido, por fin, a llevar al banquillo a Azaña. ¿Os acordáis? El hombre del bienio. El de Casas Viejas, el del Estatuto, el de las persecuciones religiosas, el de la trituración del Ejército, el del Buenos Aires y el España número 5, el de "A la barriga, a la barriga". ¿No os acordáis? Ahora iba a llevar lo suyo. Tres mil folios se habían escrito para enjuiciarle, y no eran una, sino tres –como las hijas de Elena– las acusaciones formuladas. ¿Por lo de Casas Viejas? ¿Por lo del Estatuto? ¿Por haber favorecido la rebelión separatista y marxista el 6 de octubre? No; porque en 1932 estuvo pasando unos duros, de los gastos reservados del Ministerio de la Guerra, a unos emigrados portugueses y porque parece que ayudó a unas maquinaciones para promover un intento revolucionario en Portugal, con vistas a un proyecto peninsular ulterior.

Los que no estén deformados por la máquina artificial del Parlamento se habrán hecho cruces. ¿Para esto –dirán– tanto ruido? ¿Y para esto, para lograr esto, puede un país pregonar ante el mundo que su Gobierno maquinó contra la seguridad de un Gobierno vecino? Es vano decir –como dijo el señor Gil Robles entre los aplausos frenéticos de sus incondicionales– que la solidaridad de los Gobiernos que se suceden sólo rige para lo glorioso, pero no para lo delictivo. ¡Historias! Desde el punto de vista internacional, toda la nación responde de lo que hayan hecho sus Gobiernos legítimos, sea cual sea el trato que haya dado después a los hombres que integraron aquellos Gobiernos. Ya se ha apuntado esta tesis en la Asamblea Nacional portuguesa por boca del señor Mario Figueiredo, quien ha dicho "que a él personalmente la solución adoptada por el Parlamento español le satisface". Sin embargo, no sabe si el Gobierno portugués y la Asamblea Nacional tendrán igual opinión y si considerarán esa reparación como suficiente desde el punto de vista del Derecho internacional.

Sería curioso que los que han armado esta balumba para acusar a Azaña por habernos puesto en peligro de conflicto exterior sean, ellos mismos, los que traigan sobre España una vidriosa reclamación exterior provocada por el escándalo. En cualquier país del mundo, los políticos se zahieren y se destrozan con toda suerte de agravios; pero hay cosas que sólo en los países locos se airean: los secretos de una acertada o disparatada política internacional. ¿Harán falta más pruebas del total desquiciamiento de nuestro sistema político y parlamentario?

LOS NACIONALISTAS

Por cierto que en el debate sobre el alijo hubo una curiosa nota que señalar: la adhesión a Azaña de los nacionalistas vascos. No por ninguna razón doctrinal claramente expuesta –ya saben todos que el nacionalismo vasco, para mal de su pueblo y de España, es el movimiento menos inteligente de cuantos circulan–; mucho menos por razones superiores de patriotismo, como las que llevaron a alguna otra voz en el Parlamento a pedir que cesara aquella espinosa discusión, si no simplemente por capricho, sin explicación, o por un turbio móvil demasiado explicable.

He aquí cómo el nacionalismo vasco, ultracatólico en lo religioso, ultraconservador en lo político, ultracapitalista en lo social, fue a dar sus votos a Azaña –anticatólico, revolucionario y filosocialista–, como recompensa a un servicio que anulaba, por su entidad, todas las repugnancias de los nacionalistas vascos: el servicio de haber atentado contra la unidad de España.

HACIA LA APOTEOSIS DE AZAÑA

Ya está tomada en consideración una propuesta acusatoria. Dentro de algún tiempo la Comisión de veintiún diputados redactará la definitiva acta de acusación. La aprobarán las Cortes y Azaña comparecerá ante el Tribunal de Garantías Constitucionales. Este ampliará el sumarlo hasta elevarlo a cinco, seis u ochocientos mil folios. Se celebrará la vista pública. Durará varias sesiones. Los periódicos las relatarán largamente. Los que lleven acusación bordarán filigranas para demostrar que aquello que hizo Azaña con los portugueses pudo proporcionarnos una guerra. Sobre si pudo, solicitará una sentencia condenatoria y el Tribunal, una de dos: la pronunciará o la denegará.

Si la pronuncia, ¡qué clamor se alzará en solicitud de amnistía! Mil y mil abogados analizarán el fallo y denunciarán su excesivo rigor, sobre todo en relación con el propósito oculto bajo los aparentes delitos. Azaña ganará la consideración de condenado injustamente. Recibirá decenas de miles de cartas en la cárcel. ¡Ah!, y pasará en la cárcel un año o año y medio, que a esto quedará reducido todo, con efugios, atenuantes y condena condicional. Esa leve punición habrá dejado redimido del todo al hombre de Casas Viejas.

Pues ¿y si –lo que es mucho más probable– el Tribunal de Garantías absuelve a Azaña? ¡Qué griterío nos ensordecerá entonces! Tres, cuatro, diez mil folios –nos dirán–, centenares, millares de diligencias judiciales, no han bastado para encontrar motivo con que imponer a Azaña el más leve arresto. ¿Qué hombre público ha pasado por semejante fiscalización? Y correrán mares de tinta en su loa, y vendrán Comisiones multitudinarias de todos los pueblos, y se celebrará en la plaza de toros, con cuarenta mil asistentes, un imponente acto de desagravio en el que, desde la voz reposada del señor Sánchez Román hasta la majadería chirriante del señor Albornoz, fulminará imprecaciones contra el Estado injusto que persiguió a Azaña.

Y como Azaña no habrá sido acusado de nada más podrá afirmarse que Azaña no hizo de malo nada más y que de lo que hizo ha sido absuelto por el primer Tribunal de la República.

Y lo tendremos que poner sobre nuestras cabezas.

Y –recordar el vaticinio, lectores– antes de la primavera del año próximo tendremos a Azaña en el Poder.

CATALUÑA

Reaparece el fantasma amenazador del catalanismo. Ahora es Maciá, con sus gesticulaciones de loco, quien lo encarna; es Cambó quien, con su frialdad característica, sentencia la irresolubilidad del problema catalán. Lo dice con el mismo helado lenguaje con que registra un químico la certeza de un experimento: "Pese a quien pese, el problema de Cataluña subsistirá."

He aquí sobre la escena otra vez el más turbio ingrediente de los que componen el complejo catalanista. No olvidemos la Historia: el catalanismo nace políticamente cuando España pierde sus colonias, es decir, cuando los fabricantes barceloneses pierden sus mercados. No se oculta entonces a su pausada agudeza que es urgente conquistar el mercado interior. Tampoco se nos oculta que sus productos no pueden defenderse en una competencia puramente económica. Hay que imponerlos políticamente al resto de España. Y nada mejor para imponerlos que blandir un instrumento de amenaza al mismo tiempo que de negociación. Ese instrumento fue el catalanismo. Eso que antes era viejo poso sentimental, expresado en usos y bailes, fue sometido a un concienzudo cultivo de rencor. El alma popular catalana, fuerte y sencilla, fue llenándose de veneno. Áridos intelectuales compusieron un idioma de laboratorio sin más norma fija que la de quitar toda semejanza con el castellano. Cataluña llegó a estar crispada de hostilidad para con el resto de la Patria. Y esta crispación era invocada por sus hombres representativos en cuanto llegaba la hora de negociar un nuevo arancel. Los representantes de la burguesía catalana alquilaban sus buenos oficios de apaciguadores del furor popular a cambio de obtener tarifas aduaneras más protectoras.

Este ha sido el tortuoso juego del catalanismo político durante treinta años. Lo que en Cataluña fermentaba como expresión de una milenario melancolía popular, en Madrid se negociaba como un objeto de compraventa. El catalanismo era una especulación de la alta burguesa capitalista con la sentimentalidad del pueblo.

Cuando el 14 de abril las multitudes catalanas tomaron como grito el de "¡Muera Cambó, viva Maciá!", ¿creían acaso haber recobrado la autenticidad poética de su nacionalismo? Se equivocaban: aquella autenticidad poética estaba ya muy envenenada por Cambó y los suyos. Los gritos separatistas que aclamaban al avi frenético no hubieran sido posibles sin la cauta preparación de los capitalistas ocultos tras de la Lliga; han bastado tres años para que los hilos vuelvan a las manos de siempre. Y aquí está otra vez, frío, hábil, sinuoso e insaciable, el catalanismo de Cambó.

EL PARO

No dejaremos de gritarlo en ningún momento: hay setecientos mil españoles en paro forzoso; hay setecientos mil españoles que comen de milagro. ¿Cómo puede haber Parlamento, Gobierno ni partidos que vivan en paz mientras esa trágica llaga sigue abierta al costado de nuestro pueblo?

LA SIESTA PARLAMENTARIA

El Parlamento sigue su siesta. Los pésimos presupuestos vigentes van a ser prorrogados –lo habrán sido cuando salga este número– por tres meses. El problema del paro, el del trigo, el del vino, el de la naranja, languidecen en la espera... En cambio, la semana pasada tuvimos la fiesta del alijo. En la presente parece que habrá crisis, con su cortejo de cabildeo y desfile de personajes. Bueno.

(Arriba, núm. 2, 28 de marzo de 1935)




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