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EL "ESTRAPERLO"

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

El "Estraperlo" es un artículo de José Antonio publicado en Arriba, núm. 17, 31 de octubre de 1935.

Este artículo esta incluido en Tomo III de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera que lleva el subtitulo Hacia el Final comprende el periodo desde el nacimiento del semanario "Arriba" el 21 de marzo del 1935 hasta su muerte el 20 de noviembre de 1936.


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EL "ESTRAPERLO"

ACCIÓN POPULAR

Todo este espectáculo presenta otro lado serio y triste. Acción Popular, o, mejor dicho, su jefe, el señor Gil Robles, que es casi lo único interesante de Acción Popular, toma la recta final del fracaso definitivo.

Otros se alegrarán al recoger este hecho. Nosotros, no. Nosotros hemos manifestado reiterada simpatía por el señor Gil Robles, en quien adivinamos, oprimida por influencias extrañas, una personalidad interesante y enérgica. Padece España demasiada penuria de hombres para que nadie pueda regocijarse con el desperdicio de un valor humano sobresaliente. Y el señor Gil Robles lleva el camino de ser un valor malogrado. Probablemente por esto: por no tener el tino y el valor de elegir el instante de la jugada definitiva. El señor Gil Robles es como esos delanteros de fútbol, extraordinariamente diestros en el avance y trenzado de pies, pero que nunca tiran el shoot de la victoria. Se ha dormido driblando. Se ha deleitado en esa táctica peligrosa de mezclarse con todo género de gentes. Y ahora, cuando la táctica profunda de los grandes destinos aconsejaría romper, no rompe. Hace mal; por mucho que esto dure, ¿qué va a durar? ¿Dos, tres meses? Y cuando caiga, ¿qué servicios va alegar el señor Gil Robles ante la masa que le votó o qué nuevas esperanzas va a alimentar? En dos años estériles ha sacrificado el egoísmo conservador de los llamados "agrarios" todo el contenido social del programa populista; ha sacrificado a la paz con los radicales todo el contenido religioso; no ha hecho nada visible en un sentido fuertemente nacional. ¿Qué podrá alegar el señor Gil Robles para solicitar un nuevo crédito? ¡Ah! Pudo haber ganado en un minuto la mejor de las banderas: la de la decencia pública. Pudo derribar con estrépito el barracón donde Strauss halló manera de vivir a sus anchas. Entonces Gil Robles hubiera gritado ante la opinión: "Vedlo: lo he arriesgado todo –predominio parlamentario, participación gubernamental– por el decoro de la política española". Le ha faltado corazón en el momento definitivo, y ha preferido ser "hábil", lo cual, en las grandes ocasiones de la política, suele ser suprema inhabilidad.

LA SESIÓN DEL LUNES

Faltó poco para que la sesión del lunes transcurriese como una fría comedia procesal, sin que nadie proclamase a los vientos su verdadero sentido. El señor Fuentes Pila hizo, sí, una acusación certera y vehemente; el señor Arranz, presidente de la Comisión, no estuvo ameno, pero sí intencionado y eficaz en el análisis de las diligencias instruidas. Sin embargo, de la interpretación del asunto straussiano, de esa interpretación que andaba por las calles en todas las bocas, nadie llevaba camino de hablar. Se dio cuenta el viejo zorro del señor Lerroux y quiso cerrar el debate con un discurso sentencioso y pacificador, como si bastaran cuatro palabras para echar pelillos a la mar y dar por concluida la menudencia. Inmediatamente se iba a dar por concluido el debate de totalidad. Pero en este momento pidió la palabra José Antonio Primo de Rivera. La "gran Prensa" –salvo alguna honrosa excepción, y sin la excepción de cierto "gran periódico", órgano del patriotismo oficial, donde no se sabe por qué son más frecuentes que en parte alguna estas trapacerías– ha callado el efecto enorme que se produjo al levantarse a hablar nuestro jefe y el que dejaron sus palabras. La cara, ya triunfante, del señor Lerroux enrojeció congestivamente, y la minoría radical, ante la crudeza del ataque, cedió en los primeros alborotos y quedó muda y desconcertada. He aquí, tomadas del Diario de Sesiones, las palabras de Primo de Rivera:

"Está terminándose esta discusión y no ha alcanzado su medida ni su volumen. La gente que nos mira desde fuera, quienes nos escuchan desde las tribunas, saben que esto no puede quedarse en una votación, más o manos copiosa, de los tres, de los cuatro o de los cinco extremos que nos propone la Comisión. Aquí hay sencillamente –y sé que quizá por vez primera en mi actuación parlamentaria voy a suscitar un escándalo–, hay un caso de descalificación de un partido político. (Rumores y protestas.) Ni más ni menos: de descalificación de un partido político, que es el partido republicano radical. (Protestas en la minoría radical.)

"Por la siguiente razón. (Continúan los rumores.) Estoy decidido hoy a no dimitir mi puesto de acusador, aunque me insultéis.

"Hemos estado escuchando al señor Salazar Alonso. Todos conocemos al señor Salazar Alonso, y estamos todos, probablemente, inclinados a creer en su inocencia. El señor Salazar Alonso ha hecho una defensa torpísima; nos ha querido hacer creer que el gobernador de Guipúzcoa, que el subsecretario, todo el mundo, daba autorizaciones de juego sin que el ministro de la Gobernación se enterase. El señor Salazar Alonso, que tuvo en el despacho del Ministerio aquel juego, que ya no recuerdo cómo se llama, pero que consiste en un simulacro de ruleta; el señor Salazar Alonso no ha tenido ni siquiera el valor de negar de frente una sola de las imputaciones, sino que viene señalando defectos procesales en la tramitación, como si estuviésemos en un juicio verbal. Y, sin embargo, debajo de toda esta debilidad de defensa rezumaba como una especie de sinceridad, como una especie de verdad en la honradez íntima del señor Salazar Alonso. Pero quedaron en el ánimo de todos estas dos conclusiones: primera, que probablemente el señor Salazar Alonso no había obtenido el menor beneficio de todo este asunto; segunda, que el señor Salazar Alonso había faltado a las normas de una buena ética política en la tramitación de este asunto. ¿Qué hay para que el señor Salazar Alonso, que no ha recibido, si acaso, más que ese modesto regalo de un reloj, con el que no se soborna a ningún ministro de la Gobernación, accediera a todas estas maquinaciones en que entra el holandés a quien descalificáis, pero con el que habéis estado tratando cuatro meses, y el hijo adoptivo de don Alejandro Lerroux, y don Sigfrido Blasco, y todas estas personas? ¿Qué aparece aquí? Pues aparece sencillamente el reflejo de un clima moral que sólo existe, en estos momentos, en el partido radical de que formáis parte. (Rumores y protestas en el partido radical.) No ahí, en estos bancos, en aquellos otros (Señalando a los de las distintas minorías) no hubieran estado cuatro meses unos cuantos indocumentados con unos diputados colocando al extranjero, en el ejercicio de una truhanería barata, el importe de un billete de coche–cama, el importe del almuerzo, el de una conversación telefónica: eso no ocurre en más partido que en el vuestro. (Protestas en los radicales.) Yo sé que en vuestro partido hay personas honorables; pero esas personas honorables tienen que saltar como las ratas saltan del barco que naufraga, porque si no se hundirán con el barco.

"Además, señor ministro de la Guerra, y vosotros, los que os sentáis en esos bancos (Señalando a los de la minoría popular agraria), con los que he contendido muchas veces, pero entre los que tengo muy buenos amigos y en los que hay un instrumento de gobierno para España y, si queréis, para la República; vosotros y su señoría, señor ministro de la Guerra, que sabe cuán profundos son el afecto, el respeto y la admiración que le profeso, tenéis que pensar en esto: que ya ningún partido, español podrá ir en alianza electoral ni política con el partido radical, porque el partido radical está descalificado ante la opinión pública. Y no me vengáis con que las colectividades no delinquen; las colectividades sí delinquen; contra las colectividades se toman acuerdos de descalificación, se pronuncian, condenas colectivas; y si no, coged el Diario de Sesiones número 122, del 15 de noviembre de 1934, y veréis cómo colectivamente, con vuestros votos, con la firma del señor Gil Robles en primer lugar, se impusieron sanciones colectivas al partido socialista, se pronunciaron declaraciones de condena colectiva contra el partido socialista, se recomendó al Gobierno que disolviera las entidades socialistas y que se incautase de sus bienes. No me vayáis a decir que todos y cada uno de los socialistas delinquieron, ni que delinquieron las Casas del Pueblo, que no pueden delinquir porque son inmuebles; sin embargo, por un principio de justicia política y con vuestros votos, fuisteis vosotros los que propusisteis a la Cámara, y la Cámara lo acordó, que se extendiera al partido la responsabilidad de una actuación ilícita de sus miembros. Pues bien: cuando en un partido pueden manipular durante meses –sin que esto cause extrañeza, sin que esto pueda explicarse, sin que personas de probabilísima autoridad como el señor Salazar Alonso puedan sustraerse a la red– cosas como éstas, que nos avergüenzan y nos apestan, que encolerizan contra vosotros y, si no lo remediamos esta misma tarde, contra el Parlamento, a todo el pueblo español, ese partido, empezando por su jefe, que hace muy bien en alegar su vida política porque la conocemos todos, tiene que desaparecer de la vida pública." (Rumores.)

(Arriba, núm. 17, 31 de octubre de 1935)




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