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EL JEFE QUE SE EQUIVOCÓ

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

El jefe que se equivocó es un artículo de José Antonio publicado en Arriba, núm. 24, 19 de diciembre de 1935.

Este artículo esta incluido en Tomo IV de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera que lleva el subtitulo Hacia el Final comprende el periodo desde el nacimiento del semanario "Arriba" el 21 de marzo del 1935 hasta su muerte el 20 de noviembre de 1936.


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EL JEFE QUE SE EQUIVOCÓ

Hemos reiterado sin descanso que no nos place el espectáculo de los derrumbamientos. No hay, pues, la menor fruición en lo que vamos a decir: hay simplemente el cumplimiento de un deber de observadores de la política española, de cuyos desastres hay que sacar enseñanzas y escarmiento. ¿Cuántas veces, por otra parte, se habrán formulado al señor Gil Robles desde estas columnas, y por boca de hombres de nuestras filas, las más cordiales advertencias? La destreza innegable del señor Gil Robles pudo ser valiosísima si hubiera ido acompañada de un poco más de audacia. En política –también lo hemos repetido sin descanso– sólo está escrita la técnica para las primeras jugadas, para las preparatorias; cuando llegan las jugadas decisivas hay que adivinar, saltar a lo imprevisto y hacerlo en el instante exacto. Por eso, los políticos geniales se diferencian de los de segunda fila sólo en estas últimas jugadas; hasta entonces todos, con un poco de agilidad y alguna información anecdótica, se mueven, poco más o menos, lo mismo.

¿Acaso el señor Gil Robles conocía su propia limitación y se asustaba de dar el salto decisivo? ¿Acaso no lo ha dado por falta de perspicacia para elegir el momento, o de arrojo para la suerte suprema? No se sabe. Lo único cierto es que el señor Gil Robles ha malogrado un bello destino y, lo que es peor, ha defraudado las esperanzas de mucha gente que le siguió con fe emocionante. Es inútil que la J.A.P. gesticule remedos de entusiasmo; por las filas de Acción Popular corre –y con razón– el desaliento. Por otras filas donde se deseó vivamente el fracaso del señor Gil Robles circula, en cambio, mal disimulado regocijo.

Nosotros estamos bien lejos de regocijarnos. Hemos reconocido siempre en el señor Gil Robles cualidades brillantes y, por encima de todas ellas, una acendrada rectitud. Nos hubiera complacido mucho haberle visto, para bien de España, por el camino del acierto, y conocemos de sobra la penuria de hombres que España padece para desear ni por un instante la definitiva eliminación de quien añade, a aquellas dotes sobresalientes, el gran valor de su juventud. Pese a todos sus errores, el señor Gil Robles aventaja como valor humano, político y aun literario, a muchos de los que con avidez descompuesta se aprestan a sustituirle. ¡Lástima que haya desoído los consejos leales de quienes una y otra vez le previnieron contra las turbias compañías y contra los perjuicios de entregarse sin tasa a un encaje de bolillos de la política que acaba por enviciar en su pequeñez y nubla los ojos para la clara percepción de horizontes!

"A POR" LOS CIENTO Y PICO

Apenas resuelta la última crisis, el señor Gil Robles anunció la publicación de un manifiesto y la iniciación de una intensísima campaña de propaganda. El manifiesto se divulgó el martes, aunque reducido a la jerarquía de notas –acaso para cuando estas líneas se publiquen haya visto la luz otro documento más extenso–. La campaña de propaganda comienza, al parecer, el próximo domingo.

Si se lee el manifiesto reducido a nota, se viene en conocimiento de que el señor Gil Robles ha venido soportando burlas desde que las Cortes fueron elegidas. Y uno se pregunta: ¿ha vivido todo este tiempo sin darse cuenta? Entonces ha sido bien poco sagaz. ¿Se dio cuenta, por el contrario, desde el principio? Entonces ha sido bien inhábil, puesto que no supo desplegar un juego que neutralizara aquella burla. Si contra las Cortes y contra la C.E.D.A. se intentaba una táctica de desgaste, nada peor que admitir un juego lento, aliado, por su propia lentitud, de los que apetecían el desgaste. El juego lento fue, sin embargo, el escogido por el señor Gil Robles. Diga ahora lo que quiera, las Cortes elegidas en el año 33 han sido de una esterilidad memorable. Como los penitentes perezosos, han ido demorando un día para otro el poner en orden su conciencia y ahora, a la hora de la muerte, es justamente cuando estaban llenos de los mejores propósitos: plan quinquenal de obras públicas a beneficio de los pueblos humildes; créditos para resolver el paro, dinero para el trigo, protección a los pescadores, defensa nacional... ; todo eso iba a hacerse ahora. Pero, claro, los menos exigentes preguntan: ¿y por qué no se ha hecho un poco desde 1933?

Algo semejante provoca el anuncio de la campaña de propaganda que va a emprender el señor Gil Robles. ¿Para qué esa campaña de propaganda?, interrogan muchos. Pues para traer diputados en las próximas elecciones. ¿Cuántos? ¿Trescientos? Eso no lo creen ni en la J.A.P. ¿Doscientos? Ni por asomo, en las circunstancias actuales. Cien, si acaso, o ciento y pico. De todas maneras, menos de los que tenían ahora. De los que no tienen todavía. Y entonces nos pone cerco un dilema implacable: o el tener cien diputados no sirve de nada o sirve de algo. Si no sirve de nada, ¿para qué darse el trabajo de procurárselos? Y si sirve de algo, y aun de mucho, ¿por qué se ha dejado el señor Gil Robles desmontar con los que tiene? ¿A qué este extraño placer de dejarse derrotar sólo por preparar un desquite?

(Arriba, núm. 24, 19 de diciembre de 1935)




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