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EL PROGRAMA DEL FASCISMO ESPAÑOL EXPUESTO POR SU JEFE ANTONIO PRIMO DE RIVERA

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

El programa del fascismo espanol expuesto por su jefe Antonio Primo de Rivera es una entrevista concedida a Ricardo Forte en Madrid en abril de 1934 y publicada en Ottobre (Roma) 6, el 1 de mayo de 1934.

Este artículo está incluido en Falange: Obras Completas II de José Antonio Primo de Rivera que cubre el period entre la fundación de Falange Española el 29 de octubre de 1933 y los levantamientos en Asturias y Cataluña del 6 de octubre de 1934.


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EL PROGRAMA DEL FASCISMO ESPAÑOL EXPUESTO POR SU JEFE ANTONIO PRIMO DE RIVERA

Suprimir los separatismos locales, los partidos y la lucha de clases. Edificar el Estado basado en la familia, el municipio y los sindicatos. La irradiación mussoliniana

MADRID, abril.

Es difícil, cuando se dispone de un teléfono en la mesa, resistir a la tentación de molestar con una llamada, quizá inoportuna pero valiosa para un periodista, a un alto personaje del momento, con el que realizar, de punta en blanco y sin preaviso, una charla de actualidad. Difícil, sobre todo, cuando se discute el porvenir inmediato de España; país que, en los próximos meses, quizá en las próximas semanas, tendrá que decidir su destino; y, cuando el entrevistado no es un graduado de la política parlamentaria, cargado de pasado, unido por conveniencias y por pactos y que se ve en la necesidad, la más de las veces, de «parler pour ne rien dire», sino un hombre de corazón, un joven bueno y lleno de idealismo, un espíritu elegido, un noble según las mejores tradiciones de la raza y de la civilización castellana, como José Antonio Primo de Rivera, primogénito del Presidente del Directorio, abogado de probado talento y diputado independiente en las Cortes, con sólo treinta años.

Contra la derecha y contra la izquierda

La calificación que él se dio de «independiente», en esta España dudosa entre opuestas concepciones sociales y políticas y a la que se ofrecen, por un lado y por otro, las fórmulas rígidas y prohibidas de la derecha y de la izquierda, es todo un programa, —negativo. (Suscitó sorpresa el hecho de que, poco después de las elecciones, el hijo del dictador escogiera en las Cortes un escaño situado en un sitio neutro, lejos del bloque de las derechas y más bien cerca del sector socialista. Primo de Rivera deja de buena gana el grupito de los carlistas y de los alfonsinos y el grupo económico de los agrarios, que defienden los intereses de los terratenientes, y representa el papel de abogado del diablo frente a la obra reformadora de la República). Y, para conocer la parte positiva de su programa y las características que distinguen el movimiento fascista que él dirige, lo fui a molestar a su tranquila casa de Jerez, a mil kilómetros de aquí.

Una entrevista telefónica prescinde de los elementos coloristas que, adornando el diálogo, hacen pesado, a veces, su desarrollo. No puedo, sin embargo, no aludir a la personalidad de Primo de Rivera, al que ya conozco desde Madrid. Físicamente, su parecido con el padre es extraordinario; solamente una sonrisa más femenina, algo más de dulzura en la mirada, que se puede atribuir incluso a la edad, una frente amplia y serena, que nos habla de recogimiento, elevación espiritual, tenacidad y dedicación a una causa, donde el insigne «caudillo» mantenía en la mirada y en la expresión el duro carácter militar; éste es el rasgo distintivo que buscaba y esto es lo que mi interlocutor no tiene; el tono, inconfundible del padre, del tradicional general español, del hombre de acción, de prestigio y de decisión, pero también de las ideas simples y esquemáticas. Primo de Rivera tiene una preparación civil y una cultura que le faltaban al padre. Lo que el difunto marqués de Estella «veía» con la intuición y la sensatez aproximada del soldado, se define en la mente de su heredero en proporciones claras y precisas. De aquí también una menor eficacia de los medios de expresión, obstaculizados por un temperamento escrupuloso y por una intuición fulminante, lo que no impide que Primo de Rivera sea una persona preparadísima y que pueda llegar a ser un hombre de gobierno.

No puedo, pues, describir el «ambiente» de la entrevista; no veo, pero me lo imagino, el «cortijo» jerezano del joven diputado, el grato y suave ambiente del campo andaluz, entre las espirales melancólicas y melodiosísimas del «cante jondo», que se pierden allá abajo a lo lejos, con un fondo de olivos nudosos y de vides; vida hecha de pasión y de fatalismo, empastada de misticismo un poco sensual y de una caballerosidad que no es la de las leyendas medievales nórdicas. Veo al marqués de Estella así, entre campesinos que lo idolatran, entre paisanos que creen en él, en el seno de la familia que lo adora, proyectando su figura noble y amable sobre un paisaje de lóbrega tragedia social; veo y temo... ¿Estará el joven patriota, el fundador del movimiento que se propone redimir a España de la tiranía de las Cámaras de Trabajo [sic], a la altura de la misión que su juvenil figura aureolada ya de un encanto de epopeya romántica? Cada país tiene sus costumbres psicológicas y su idiosincrasia y, quizá lo que a mí me parece algo que inspira reservas en el terreno práctico, quiero decir, la finura aristocrática de este jefe y su acento de suprema distinción en contraste con la rústica apariencia padre, no es un «handicap» en la tierra de Santa Teresa; recordemos que aquí, en este país empapado de gloriosa historia, que tuvo su época de mayor esplendor cuando todo el resto de Europa estaba por nacer a la historia y que la misma violencia facinerosa es raramente ciega. Y entiende mal el temperamento local, el extranjero que, observando un escrúpulo imprevisto en una turba de incendiarios, corre a telegrafiar a su periódico la palabra «opereta».

Paisaje de tragedia social

Permítanos el joven jefe de las «Falanges españolas» [sic], movimiento que tuvo ya sus mártires y que, sólo en Madrid ofreció el sacrificio de numerosas vidas, anotar el contraste entre su aparente timidez, fruto quizá de la austeridad de la vida y de la energía y el valor del que él mismo dio prueba saliendo a la calle cada vez que, en estos trágicos albores de una reacción nacional, uno de los suyos había sido amenazado o agredido. Contraste que pone de relieve su firmeza espiritual. Sólo, sin armas, Primo de Rivera realizó su propaganda electoral en pueblos remotos dominados por el comunismo y la anarquía; hace pocos días, su figura ascética aparecía en medio de la batalla provocada en un cruce de Madrid por el grupito de «jóvenes socialistas» de siempre, que agredió y asesinó de manera deliberada y sin la mínima provocación, al jefe de los vendedores del órgano de las «Falanges» [sic], F.E.

«Mirar a España de frente»

Y, ahora, me parece que llegó el momento de dar la palabra al personaje que les presenté tan sumariamente. Contestó con gran amabilidad a mi llamada, accediendo de buen grado al deseo que le comenté de hacerle una entrevista.

Nuestro programa es simple —me dice—-, consiste en suprimir los tres factores de disgregación de la España actual: los separatismos locales, los antagonismos entre los partidos y la lucha de clases. De estas tres fuerzas negativas, ustedes, los italianos conocen la última; no la primera, que es, por desgracia, un privilegio nuestro. Nuestro común amigo Giménez Caballero habló de la República «como asunto catalán»; podemos decir, manteniéndonos en guardia de las definiciones demasiado absolutas, que el movimiento revolucionario español se distinguió de los análogos que se realizaron con gran antelación en otros países de Europa, que nos mandan con retraso sus modas, por su carácter separatista y local. Desde la Revolución Francesa en adelante, los ideales liberales se realizaron mediante una obra de unificación y, hasta se le reprochó al liberalismo político del siglo diecinueve el hecho de ser, por esencia, centralizador. Nuestra República tenía que jactarse de estimular el catalanismo, fenómeno regresivo y, yo diría, medieval.

¿En qué se diferencia —pregunto— su movimiento de los demás partidos políticos españoles?

En esto, querido señor: que mientras tales partidos se obstinan en mirar a España desde un único punto de vista, es decir, «de reojo» (perdóneme la figura), nosotros queremos mirarla de frente, como se miran las cosas hermosas y claras.

Estas últimas palabras pueden parecer literarias; y, sin embargo, sintetizan eficazmente el pensamiento de Primo de Rivera.

Mirar a España de frente —añade— es decir, «desde un punto de vista total», desde un punto de vista totalitario que, al abrazar a todo el conjunto, corrija los defectos visuales de cada uno. La lucha de clases ignora la unidad de la patria y profana, en el terreno económico, el concepto de producción nacional. Los propietarios y los obreros se tiranizan alternativamente. En los periodos de crisis de trabajo, son los primeros los que abusan del trabajador y en los periodos de trabajo intenso, o cuando las organizaciones obreras son muy fuertes, éstos abusan de los propietarios. Ni los unos ni los otros se dan cuenta que son colaboradores en la obra total de la producción nacional, y que esto impone a cada categoría deberes y limitaciones precisas.

¿Su concepto del Estado?

Se lo di ya: Ponemos al Estado por encima de las rivalidades regionales, de las divergencias entre los partidos y de las luchas de clase. No lo concebimos como un simple guardián del orden, sin ideas propias ni finalidades elevadas ni, menos aún, como un instrumento de tiranía y de presión de una clase sobre otra. Ni Estado indiferente ni Estado de clases. Un Estado de todos, sobre el cual no haya más que la idea permanente de España. Supresión de los partidos políticos, porque creemos en la familia, en el municipio y en el sindicato, entidades dentro de las que el hombre nace, se educa, produce y vive, pero no ya en partido, cosa artificial y sin ningún nexo con la vida profunda de los pueblos. Por eso nuestro Estado se construirá sobre las auténticas realidades vitales, decir, sobre la familia, sobre el municipio y sobre el sindicato. El estado tendrá que reconocer y respetar la integridad de la familia como unidad social, la autonomía del Municipio como unidad territorial y el Sindicato y la Corporación como base de la organización total del Estado. Este no se inhibirá frente a la lucha por la vida que sostienen los hombres. No dejará que cada clase actúe a su modo para librarse del juego que le impone la otra o para tiranizarla a su vez. Considera como fines propios los de cada uno de los grupos que lo integran y vigilará, por la propia seguridad y por los intereses de todos.

Clara, precisa y definitiva la exposición. Entonces pregunto a Primo de Rivera cuáles son las características del movimiento que él dirige comparándolas con el fascismo italiano.

El ejemplo de Italia

El fascismo italiano —me contesta rápidamente— no puede copiarse. Lo afirmó el Duce. Ni el fascismo pretende ser copiado totalmente, ni puede impedir que otros países adopten su doctrina.

En esto reside la irradiación espiritual del movimiento mussoliniano. En cada país el fascismo asume características y estilos propios, que son el elemento circunstancial y local que rodea la esencia permanente y única del movimiento. Pero el fascismo italiano tiene el mérito primordial de haber sido el precursor; por lo tanto, como ejemplo y como doctrina debe influir enormemente en todos los movimientos del mismo tipo que nacen y que nacerán en Europa.

¿Cree positivamente posible un Estado Fascista, con todo lo que esto implica de disciplina, de sacrificio de los intereses individuales, de renuncia a las comodidades y a los individualismos en un país como España?

Seguramente —me contesta—. No niego que aquella a la que usted alude, sea una de nuestras características de raza. Pero tenemos también otras, como «el sentido de la empresa común», que no son ciertamente incompatibles (y que son típicamente españolas: baste recordar vagamente nuestra historia imperial y misionera), con la disciplina férrea que es la base del fascismo. También Italia —vuelve a decir, no sin una punta de malicia— se consideraba un país «individualista» y anárquico, sin embargo...!

Le ruego que me diga lo que piensa del movimiento hitleriano, de ciertos aspectos que originaron la censura y la reprobación de los ambientes católicos y de los mismos nacionalistas españoles.

Reconstruir la Nación

El hitlerismo —me contesta— tiene algunos principios esenciales que coinciden con los nuestros, pero tiene características alemanas y luteranas que, no se encuadran en la idea romana de universalidad y, ni siquiera, en la española y estos principios se resumen en la palabra «racismo». Ninguna mente española, educada en la secular tradición de la civilización como hecho espiritual, como dignificación otorgada o impuesta al hombre, incluso al que más se diferencie de nosotros en sus particularidades físicas o biológicas, puede aceptar absolutamente el rígido criterio exclusivista de los racistas alemanes. Consideramos el criterio del arianismo, de la pureza de la raza, seguido por Hitler en Alemania, no sólo como una ingenuidad científica, sino como una auténtica negación de lo que constituye la esencia misma de la civilización cristiana y del imperialismo español; que es un imperialismo de cruzada, y que aparece unido, si no se identifica, con el concepto misionero. (Pienso, oyendo estas palabras, en Isabel la Católica que, más española que su mediocre esposo Fernando, armó las carabelas de Colón teniendo como objetivo, no la conquista de grandes dominios, sino «la salvación de tantas almas»), Un español —continúa Primo de Rivera— no considerará repugnante nunca casarse con una judía y se preocupará, en tal caso, de convertirla; tendrá a gloria añadir a su comunidad una raza distinta, y no excluirla de ella. En resumidas cuentas, para nuestro fascismo, la palabra «raza» no es, y no será nunca, una barrera.

No es sólo en esta fisonomía espiritual bien acusada, en la que el concepto hispánico de Primo de Rivera se aproxima al mussoliniano mucho más de lo que se acerca al hitlerismo; el joven jefe de las Falanges españolas [sic] desea añadir, con palabras que presentan una extraña coincidencia con las que pronunció recientemente lord Alfredo Mosley, que el fascismo español, aunque considera la violencia en ciertos casos como una santa necesidad, aunque está dispuesto y resuelto a conquistar en el momento decisivo el poder por la vía de la violencia, no admite persecuciones y no es, en su naturaleza propia, violento. Los excesos que se produjeron en Alemania, ciertas medidas pseudocientíficas, como la de la esterilización, no los acepta Primo de Rivera, quien no reconoce más que un maestro, el Duce, un ejemplo, el de Italia y una guía, la tradición española.

Y con estas palabras la breve entrevista se termina; colgué el micrófono y el lejano «cortijo» andaluz desapareció como por arte de magia. Ante mí, todavía desdoblado en la mesa, está el último número del órgano socialista madrileño, destilando odio e irreprimibles rencores, lleno de insultos, de amenazas, de deseos catastróficos y de incitaciones al asesinato de simples conferenciantes y escritores de derechas, con los nombres y apellidos del «blanco» recomendado; ninguna preocupación nacional, ningún ideal, nada más que desahogos de venganza, ansia de dominio y de opresión. Un espíritu, por otra parte, poco diferente del que anima a la «gente de orden» que, estos días, revoca en masa la suscripción a El Debate porque se desilusionó de la escasa energía mostrada por las derechas contra los descamisados!

Y es en esta pobre y gran España, destrozada por antiguos y terribles egoísmos de partido y de clase, en la que la tropa de jóvenes capitaneados por Primo de Rivera empezó su difícil cruzada. Objetivo: hacer de este país una nación. Y aunque no lo lograse más que en parte, aún cuando no fuera más que un intento, un esfuerzo tan noble no habrá sido estéril.

Ricardo Forte



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