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REPORTAJES POSIBLES

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

Reportajes posibles es un artículo de José Antonio publicado en Arriba, núm. 2, 28 de marzo de 1935.

Este artículo esta incluido en Tomo III de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera que lleva el subtitulo Hacia el Final comprende el periodo desde el nacimiento del semanario "Arriba" el 21 de marzo del 1935 hasta su muerte el 20 de noviembre de 1936.


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REPORTAJES POSIBLES

¿SE DA DE BAJA EL SEÑOR GIL ROBLES EN ACCIÓN POPULAR?

Durante estos días ha circulado insistentemente el rumor de que el señor Gil Robles pensaba separarse de Acción Popular. Muchos empleaban la palabra "emanciparse". Para algunas gentes distraídas, el rumor tenía todos los caracteres de un absurdo; pero quienquiera que haya venido observando con ojo penetrante las características psicológicas del señor Gil Robles y las del grupo en que milita no puede haber dejado de advertir la incompatibilidad que los separa.

"EL DEBATE"

Acción Popular, como todos recuerdan, fue ideada por El Debate –por don Ángel Herrera, mejor– al poco tiempo de proclamarse en España la República. Todos conocen El Debate y el tipo de ejemplar humano que la escuela de El Debate produce. Aquello es una especie de monstruoso laboratorio químico; hombre que penetra en El Debate pierde la condición de ser humano para convertirse en un instrumento específicamente destinado a tal o cual misión hombre–fichero, hombre–prensa extranjera, hombre–propaganda u hombre–publicidad.

Todo lo que no es eso va siendo concienzudamente estirpado mediante un sabio tratamiento por el frío. Toda emoción está prohibida en El Debate, hasta, nos atrevemos a decirlo la religiosa. Hay ciertas horas y minutos del día en que puede admitirse cierta emoción religiosa, pero con circunspección y según las pautas de la casa. Es decir, técnicamente, tal como debe expresar la emoción religiosa un buen alumno de la Escuela de Periodistas. En cuanto a otras emociones, todavía se admiten más a desgana; la patriótica, por ejemplo, no sólo está refrenada por la frialdad habitual del estilo, sino por advertencias de otra suerte, éstas ya mucho más lejanas y complicadas, acerca de las cuales escribiremos algún día. Y en cuanto a la emoción amorosa, no hay ni que hablar; cuando El Debate, en su constante afán en lo externo, insuperablemente logrado– de ser un periódico europeo, enfoca en cualquiera de sus secciones algo relacionado con el amor, lo hace de manera tan falsa, tan torpona, tan ñoña, que mueve a risa.

LOS ORÍGENES DE ACCIÓN POPULAR

Pues bien: al advenimiento de la República, don Ángel Herrera, alma de esa prodigiosa máquina frigorífica..., decidió fundar un partido. Y lo bautizó con el nombre de Acción Nacional. Fiel a los métodos del fundador, el partido rehusaba decidirse acerca de ninguno de los puntos entonces en juego, en bien apasionante juego; los dejaba a un lado y se colocaba bajo los vagos auspicios de estas poco comprometedoras afirmaciones: Religión, Patria, Familia, Orden. Propiedad, Calefacció y Debate.

El naciente partido no tenía jefe. Mal podía tener jefe ni nada recio y terminante. Se regía por una especie de Comité en el que restos venerables de la vieja política fueron mezclados, en dosis convenientes, con personas iniciadas en la escuela herreriana. Eso sí: a falta de principios enérgicos y de jefe visible, Acción Nacional contó desde el principio con todas las delicias de la técnica: dinero, jóvenes propagandistas químicamente puros y unos ficheros, carteles y multicopistas, que daban gloria.

GIL ROBLES

Gil Robles era uno de tantos; ni siquiera de los más relevantes. Joven, aparentemente inexpresivo, no contaba menos ni más que otro cualquiera de los jóvenes producidos en serie por la escuela herreriana. Al llegar las elecciones de junio de 1931 le destinaron a luchar por la provincia de Salamanca. Allí fue el hombre, con su cara de asombro y su inexperiencia. Al principio nadie le hizo caso. Un periodista salmantino ideó, fuera de los partidos en lucha, organizar a los agrarios. Se formó el Bloque Agrario, y entonces Gil Robles tuvo su primer acierto: se adhirió al Bloque, juntamente con Lamamié de Clairac. Gracias al influjo de los agrarios triunfaron los dos. Triunfaron en algún punto de manera harto sorprendente: hubo sección que votó con entusiasmo sufragista que envidiara Inglaterra: el 95 por 100 del censo. La cosa hubo de ser discutida en las Cortes. Se impugnó el acta. Para defenderla pidió la palabra Gil Robles. ¿Quién era Gil Robles? Hasta entonces, uno; ni siquiera de los más relevantes de la escasa minoría de derechas; desde aquella tarde, su capitán. El discurso de defensa del acta le salió perfecto; toda la exactitud administrativa, toda la recortada precisión legal en que se educa a los jóvenes católicos se desarrolló aquella tarde ante la Cámara con la puntualidad de un ejercicio de oposición. Los energúmenos de las Constituyentes, para quienes aquel alarde metódico resultaba sobrenatural, se quedaron estupefactos. Los no energúmenos percibieron el contraste entre los energúmenos y el nuevo orador. Ortega y Gasset le dio su solemne visto bueno.

Desde aquella sesión, cuando las derechas se jugaban una carta decisiva, encomendaban la jugada al diputado salmantino.

Así apareció en el retablo de las Españas Gil Robles.

EMPIEZA LA TRAGEDIA DE GIL ROBLES

El encumbramiento envanece, sí, pero también depura. Las alturas incitan al vértigo, pero también a la meditación. Gil Robles empezó a subir, y, según subía, notaba que los miembros iban volviéndosele más fuertes. El subir nos va haciendo más solos: cuando más solo se está, hay que ser más uno mismo. Gil Robles –¿por primera vez? Al menos, por primera vez observando desde su vida pública– empezó a sentirse a sí mismo. Antes era el producto de serie de una circunspecta metódica, helada, casta y silenciosa juventud cultivada en estufa; ahora empezaba a ser, si aún no un caudillo, un guerrillero al aire libre, obligado frecuentemente a resolver sus propias escaramuzas sin esperar órdenes del misterioso Estado Mayor. El número cuatro o cinco de tal promoción herreriana pasó a ser "Gil Robles". Precisamente él y no otro. Para él se escribían alabanzas y contra él los vituperios.

Y entonces, como si un encantamiento se deshiciera, empezó a percatarse de que él, Gil Robles, no era Gil Robles mismo bajo el pasmo metódico de la formación herreriana, sino que era otro hombre, inquieto, humanamente ambicioso, escéptico y alegre. Se dio cuenta de que el cuerpo y el espíritu le pedían más ágiles andanzas que las prescritas por la blanca masonería de El Debate. Y hasta descubrió que la sonrisa de su cara redonda era una sonrisa zumbona, socarrona, de pardillo con mucha recámara; no la helada sonrisa insidiosa de los jóvenes refrigerados en serie.

SE AGRAVA LA TRAGEDIA DE GIL ROBLES

Ahora, Gil Robles está al frente de la minoría más numerosa de la Cámara. Analíticamente sobran en ella muchos muchachos circunspectos y muchos caciques maduros; pero ¿qué importa eso? Gil Robles, con su ciento y pico de diputados, ya sabría combatir en guerrilla si le dejaran. En la guerra lo importante es el mando. A los soldados se los hace. Ciento y pico de diputados importan por ciento y pico, no por lo que lleve dentro cada uno. Si Gil Robles pudiera...

Pero no puede. Tan vigilante y rápido de respuestas, tan aparentemente despótico en el Parlamento, no es más que el prisionero de una tupida red que pasa por cámaras y cancillerías, llenas de pasos tácitos y conversaciones cautas. A veces, en el ardor de un debate, donde se agita alguna profunda vena nacional, se adivina Gil Robles arder bajo la máscara de su rostro inexpresivo, alumbrando interiormente la frase exacta, dura, decisiva, que le está pidiendo el corazón y estrangulándola para que no asome. El misterioso Estado Mayor trae un tejemaneje entre bastidores al que hay que sujetarse. Así, a lo nacional –por ejemplo–, es forzoso ponerle sordina; hay otros intereses que el Estado Mayor tiene en más que los de la Patria española. Gil Robles tiene que suplirlo. Tiene que "retorcerse el corazón". Ahora sí que es verdad esta frase, inventada por él, entonces en frío, para justificar el abandono de una nostalgia que no le costaba ningún retorcimiento.

CULMINA LA TRAGEDIA DE GIL ROBLES

Acción Popular se le va de entre las manos. Los soldados de fila no entienden el tejemaneje del Estado Mayor, y cada vez están mas inquietos y más murmuradores. Aquellas gentes adineradas que le abastecieron espléndidamente cuando confiaban en él gestionan ya nuevos guardianes de sus intereses. Hay como una nube de melancolía sobre lo que fueron activos campamentos de Acción Popular. La melancolía llega incluso a disolver la alegre entereza del guerrillero. Ha llegado a decir, con claudicación de la que es apenas responsable, que hay que aflojar los tórculos del Estado; ¡del Estado español que apenas existe!; pero no hay que tomárselo en cuenta. Ha sido una mal disimulada muestra de desmayo. De melancolía. Gil Robles está melancólico porque, ya familiarizado con la intimidad de sí mismo, sabe que podría, que acaso puede hacer otra cosa: más fuerte, más honda, más española, más suya... ¡Pero el cauto Estado Mayor le tiene todavía prisionero! Acción Popular –fría, estéril, mediatizada, deshumanizada– puede todavía más que Gil Robles.

A José Antonio Primo de Rivera le preguntaron una vez:

¿Qué opina usted de Gil Robles?

Y contestó:

¡Las cosas que podría hacer Gil Robles si se decidiera a emanciparse! Mejor dicho, ¡las cosas que hará cuando se emancipe!

¿Habrá llegado ya esa hora?

He aquí el tema sabroso de estos días. ¿Se da de baja Gil Robles en Acción Popular?

(Arriba, núm. 2, 28 de marzo de 1935)




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