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ROMANTICISMO, REVOLUCIÓN, VIOLENCIA

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

Romanticismo, Revolución, Violencia discurso pronunciado en el Parlamento el 3 de julio de 1934.


Esta incluido en las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera publicado por el Instituto de Estudios Políticos en el año 1976.


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ROMANTICISMO, REVOLUCIÓN, VIOLENCIA

(Discurso pronunciado en el Parlamento el 3 de julio de 1934)

El señor PRIMO DE RIVERA:

EL señor Prieto, que, en una no todavía larga, pero sí activa vida de Congreso, se ha ejercitado en todas las artes menores del parlamentarismo, se sabe dar el lujo, no asequible a todos, de usar algunas veces las artes mayores; de adoptar actitudes estéticas de la mejor clase, y en muchas ocasiones, por el camino de estas actitudes estéticas, llegar a algo que vale más que ellas: a una profunda y auténtica emoción humana. Yo faltaría a mi propia autenticidad si en este instante no empezara, con toda la sinceridad de mi alma, dando las gracias por la actitud del señor Prieto.

Tal vez haya sido la lección un poco dura para algunos –si es que existía– que imaginase que la entrega mía a los Tribunales iba a servir como cucharada de azúcar que atenuara la amarga píldora inferida a la minoría socialista al conceder el suplicatorio del señor Lozano. La minoría socialista ha tenido el buen gusto de rechazar esa cucharada de azúcar y yo no puedo menos de agradecérselo muy de verdad.

Como en realidad, después de lo que ha dicho el señor Prieto, yo no tendría apenas que defenderme sino recordando al señor presidente de la Comisión que la teoría del señor Prieto en materia de suplicatorios es la verdadera, y no la suya; como no tendría ya casi que defenderme, me va a permitir el señor Prieto que recoja algunas de las advertencias y de las insinuaciones que me ha hecho, en parte con menos justicia que en la actitud fundamental de su intervención.

Detesto la autobiografía, pero si en alguna ocasión tiene un poco de disculpa la autobiografía es en un trance como éste, en que me encuentro más o menos en la posición de acusado. Y en posición de acusado me vais a disculpar la declaración autobiográfica de que yo no soy absolutamente, como el señor Prieto imagina, ni un sentimental, ni un romántico, ni un hombre combativo, ni siquiera un hombre valeroso; tengo estrictamente la dosis de valor que hace falta para evitar la indignidad; ni más ni menos. No tengo, ni poco ni mucho, la vocación combatiente, ni la tendencia al romanticismo; al romanticismo menos que a nada, señor Prieto. El romanticismo es una actitud endeble que precisamente viene a colocar todos los pilares fundamentales en terreno pantanoso; el romanticismo es una escuela sin líneas constantes, que encomienda en cada minuto, en cada trance, a la sensibilidad la resolución de aquellos problemas que no pueden encomendarse sino a la razón. Lo que pasa es que lo mismo que el señor Prieto llega a la emoción por el camino de la elegancia, se puede llegar al entusiasmo y al amor por el camino de la inteligencia.

Por eso, cuando algunos muchachos que me acompañan, y cuando yo mismo, modestamente, creemos encontrar una posible fuente profunda y constante de españolidad –digo españolidad porque la palabra "españolismo" hasta me molesta–, no nos dejamos arrebatar por una tendencia sensible, por una especie de sueño romántico; lo que hacemos es creer que si una generación se debe entregar a la política no se puede entregar con el repertorio de media –docena de frases con que han caminado por la política otras muchas generaciones, y hasta muchos representantes de ésta. Yo le aseguro al señor Prieto que si, por ejemplo, fuera lo que suponen muchos correligionarios suyos de fuera del Parlamento, si fuera un defensor acérrimo, hasta por la violencia, de un orden social existente, me habría ahorrado la molestia de salir a la calle, porque me ha correspondido la suerte de estar inserto en uno de los mejores puestos de ese orden social; con que yo hubiese confiado en la defensa de ese orden social por numerosos partidos conservadores, los unos republicanos in partibus infidellum (Risas), y por otros partidos conservadores que hay en todas partes; estos partidos conservadores, por mal que les fuese, me asegurarían los veinticinco o treinta años de tranquilidad que necesito para trasladarme al otro mundo disfrutando todas las ventajas de la organización social presente.

Yo le aseguro al señor Prieto que no es eso. Lo que pasa es que todos los que nos hemos asomado al mundo después de catástrofes como la de la gran guerra, y como la crisis, y después de acontecimientos como el de la Dictadura y el de la República española, sentimos que hay latente en España y reclama cada día más insistentemente que se la saque a la luz –y eso sostuve aquí la otra noche– una revolución que tiene dos venas: la vena de una justicia social profunda, que no hay más remedio que implantar, y la vena de un sentido tradicional profundo, de un tuétano tradicional español que tal vez no reside donde piensan muchos y que es necesario a toda costa rejuvenecer.

Como ve el señor Prieto, esto no es una actitud sentimental ni es una actitud violenta. Yo no pensé ni por un instante que estas cosas se tuvieran que mantener por la violencia, y la prueba es que mis primeras actuaciones fueron completamente pacíficas; empecé a editar un periódico y empecé a hablar en unos cuantos mítines, y con la salida del periódico y con la celebración de los mítines se iniciaron contra nosotros agresiones cada vez más cruentas, y por manos movidas, seguramente con intención tan limpia como la de mis amigos, tal vez movidos después a represalias. Pero estas represalias vinieron mucho después; tanto después, que muchas personas que nos suponían a nosotros venidos al mundo para jugamos la vida en defensa de su propia tranquilidad, incluso en periódicos conservadores nos afeaban que no nos entregásemos al asesinato; imaginaban que nos estábamos jugando nuestra vida y las vidas de nuestros camaradas jóvenes para que a ellos no se les alterase su reposo.

Pero porque resulta que nosotros hemos venido a salir al mundo en ocasiones en que en el mundo prevalece el fascismo –y esto le aseguro al señor Prieto que más nos perjudica que nos favorece–; porque resulta que el fascismo tiene una serie de accidentes externos intercambiables, que no queremos para nada asumir; la gente, poco propicia a hacer distinciones delicadas, nos echa encima todos los atributos del fascismo, sin ver que nosotros sólo hemos asumido del fascismo aquellas esencias de valor permanente que también habéis asumido vosotros, los que llaman los hombres del bienio; porque lo que caracteriza al período de vuestro Gobierno es que, en vez de tomar la actitud liberal bobalicona de que al Estado le da todo lo mismo, de que al Estado puede estar con los brazos cruzados en todos los momentos a ver cuál es el que trepa mejor a la cucaña y se lleva el premio contra el Estado mismo; vosotros tenéis un sentido del Estado que imponéis enérgicamente. Ese sentido del Estado, ese sentido de creer que el Estado tiene algo que hacer y algo que creer, es lo que tiene de contenido permanente el fascismo, y eso puede muy bien desligarse de todos los alifafes, de todos los accidentes y de todas las galanuras del fascismo, en el cual hay unos que me gustan y otros que no me gustan nada.

Esto es tan importante, señor Prieto, que ya le digo, yo no me hubiese dedicado para nada, no a usar la violencia, sino ni siquiera a disculpar la violencia, si la violencia no hubiera venido a buscarnos a nosotros. Yo le aseguro al señor Prieto que, cuando la primera vez oí detrás de mi coche el estampido de un petardo; que, cuando la segunda vez supe que habían tiroteado un coche porque tenía casi el mismo número que el mío, y cuando he empezado a tener todas esas amenazas que justifican, a juicio de la Comisión, el terrible delito de que tenga seis especies de artes atávicas, de grandes armatostes, tal vez inservibles para defenderme; cuando oí la primera vez el petardo; cuando supe después lo de esos tiros y lo de las amenazas, sentí dos cosas: la primera, el que los tiros me pudieran dar –desde luego reconozco que no tengo en absoluto gusto en apresurar la apertura de mi abintestato–; la segunda, que el día que me encontrara en los cielos con el metalúrgico, el carpintero o el campesino que me hubiese pegado los tiros por la espalda, en cuanto tuviéramos diez minutos de conversación, el metalúrgico, el campesino o el carpintero se convencerían de que se habían equivocado al dirigir esos tiros.

Como esto es lo que yo quería decir aprovechando esta noche autobiográfica, con eso he sustituido a lo que pudiera ser el contenido de mi defensa.

Pero si todavía el señor Pellicena me permite unas palabras, le invitaré a que medite sobre esto: El señor Pellicena dice que el conceder los suplicatorios es una operación meramente automática. Pues bien: un ilustre paisano del señor Pellicena, Eugenio d'Ors, escribió la historia de un elefante tan bien amaestrado, que al morir su dueño, dueño también de una tienda, el elefante se encargó de seguir manejándola, porque estaba ya impuesto de todas las rutinas del dueño del comercio. Si conceder los suplicatorios fuera cosa que se manejara automáticamente, la Comisión de suplicatorios –y, naturalmente, no se me pasa por la cabeza ofenderla en nada– podría muy bien componerse de elefantes. (Risas.) No es eso, señor Pellicena, ni muchísimo menos.. Lo que sucede es que en el problema de cada suplicatorio se plantea continuamente esta pugna: hay dos funciones públicas que cumplir: primera, la función pública parlamentaria, que compete al diputado; segunda, la función pública de administrar justicia penal. Las dos son tutelas de dos intereses públicos considerables: o se persigue por los Tribunales de lo Penal al diputado que ha delinquido, o se cede por una vez esa persecución para que el diputado que ha delinquido pueda seguir desempeñando su función parlamentaria, y como surge ese conflicto, la Constitución encomienda a las propias Cortes que resuelvan el conflicto, pero que lo resuelvan por la consideración de cada caso y no automáticamente. La prueba de que esto es así es que las Cortes pueden conceder o denegar el suplicatorio, y la prueba de que la presunción constitucional es que no debe concederse el suplicatorio, que debe prevaler la función parlamentaria sobre la función penal, está en que el silencio de las Cortes se interpela por el artículo 56 de la Constitución como denegación del suplicatorio y no como su concesión.

Si fuera función de los Tribunales el pesar y medir los caracteres de delito, los indicios de delito, con preferencia o como en un coto cerrado a la competencia de las Cortes, el silencio de éstas se inclinaría en favor de la presunción legal de que los Tribunales habían apreciado bien; desde el momento en que la presunción constitucional supone lo contrario, es que lo excepcional, sólo justificado, como decía el señor Prieto, por un peligro social muy apremiante, es que el suplicatorio se conceda.

Después de esto, yo ruego a la Cámara que haga lo que tenga a bien. Estoy seguro de que los argumentos del señor Prieto, más que los míos, tienen que haberla convencido de que el señor Lozano y el mío son casos diferentes –sin la menor deshonra para él, claro está; en otra ocasión es muy probable que delinca yo más–, de que la norma constitucional obliga a examinar cada caso y de que por aplicación de esa norma constitucional y del espíritu de todo el derecho parlamentario debe denegar mi suplicatorio. Si después de esto la Cámara no lo quiere denegar, ¡qué le vamos a hacer! Me resignaré a ir ante el Tribunal y a que éste me condene, y a pasarme una grata y fecunda temporada en la cárcel; en la cárcel, que ya conozco, donde se pasan horas de soledad y meditación muy difíciles de lograr en otra parte... (El señor Martínez Sala: "Sabemos bien cómo se pasa en la cárcel, porque a ella fuimos en tiempos de la Dictadura.") Pues si ya lo sabe su señoría, y alguna vez en la cárcel se le ha pasado la tentación, que seguramente desechó en seguida, de leer un libro, habrá observado que en la cárcel se leen libros con más reposo que en parte alguna y se maduran mejor.

Lo único que os ruego es que si, para cuando os reunáis en el otoño próximo, yo estoy condenado y en la cárcel, cuando os refugiéis aquí, en esas tardes del invierno, entre la atmósfera tibia de este edificio mal ventilado, y otra vez sintáis bajo vuestros muslos el contacto del terciopelo repuesto, miréis a este escaño mío, entonces vacante, y tengáis un momento de conmemoración para un compañero vuestro, que estará más en contacto directo con los filósofos que con las dietas. (Aplausos.)




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