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UNA JORNADA MEMORABLE

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

Una jornada memorable es un artículo de José Antonio publicado publicado en Arriba, núm. 10, 23 de mayo de 1935.

Este artículo esta incluido en Tomo III de las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera que lleva el subtitulo Hacia el Final comprende el periodo desde el nacimiento del semanario "Arriba" el 21 de marzo del 1935 hasta su muerte el 20 de noviembre de 1936.


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UNA JORNADA MEMORABLE

EN EL CINE MADRID, EL INMENSO ANTIGUO FRONTÓN, SE CONGREGARON MÁS DE 10.000 ENTUSIASTAS DE LA FALANGE.–EN NÚMERO Y EN RITO, EL ACTO SUPERÓ A TODAS LAS ASAMBLEAS POLÍTICAS.––UN ESPECTÁCULO DE EMOCIÓN, DE ATRIBUTOS Y BANDERAS.– EL "¡PRESENTE!" DE LOS CAÍDOS

¡ARRIBA ESPAÑA!

Nuestro mitin del domingo pasado ha llenado a Madrid de resonancia. Resulta increíble que un Movimiento nacido hace dos años y rodeado de todas las dificultades desde su nacimiento haya conseguido alcanzar la tensión, la muchedumbre, la calidad y el estilo de la Falange Española de las J.O.N.S.

La preparación externa del acto se redujo a unas circulares dirigidas a las Jefaturas Provinciales, unas notas enviadas a los periódicos –que la mayor parte de ellos, como de costumbre, no publicó– y unos modestos carteles pegados por las calles. El resto lo hizo la pujanza de nuestra organización interna, contra la que nada pueden ya los silencios. Como a través de una red nerviosa, todos los órganos de las J.O.N.S. de Madrid –Jefaturas de distrito, de barrio, de grupo–, hicieron llegar a cada afiliado puntualmente citaciones y consignas. Y así, a las diez de la mañana el inmenso frontón de la plaza del Carmen, que visto vacío parecía imposible de llenar, fue poblándose, hinchándose, de una multitud entusiasmada, ante el pasmo y probablemente, en algunos, la contrariedad de los espectadores ajenos a nuestras filas.

Se ha ganado una nueva magnífica posición. El acto del "cine" Madrid ha valido por el de la Comedia, multiplicado por diez. En esta progresión geométrica seguirá nuestra marcha hasta el triunfo.

PREPARATIVOS

Los camaradas encargados de disponer el local no durmieron en la noche anterior al mitin. Todo fue trajín aquella noche: martilleo en la tribuna presidencial, pruebas de luces y altavoces... Hubo un momento solemne: aquel en que se izó el enorme telón del fondo. El actual "cine" Madrid tiene la pantalla en lo que fue pared de bote. Había que cubrir por entero su superficie, de más de doscientos metros cuadrados, y a ese efecto se construyó un inmenso telón negro, con nuestro emblema en rojo, de cinco metros de altura, y los nombres de nuestros camaradas caídos, en grandes letras de oro. Como el telón tenía de ancho dieciocho metros, hubo que izarlo lentamente, tirando por igual de las varias cuerdas de que pendía, para que no rompiese la larguísima vara de madera que lo armaba. No fue operación corta. Pero cuando, al fin, la imponente superficie negra, con el yugo y las flechas y los nombres de los mártires cubrió el extremo del frontón vacío, nuestros camaradas no pudieron menos de experimentar una sacudida. Ya clareaba el amanecer.

PEREGRINACIÓN

Desde las siete de la mañana empezaron a llegar a nuestro Centro expediciones de provincias. Han venido unos mil quinientos camaradas, cifra asombrosa si se tiene en cuenta que la organización central no ha podido auxiliar con un céntimo a las organizaciones locales, y que cada militante, en esta época de dificultades económicas, ha tenido que sufragarse sus propios gastos. Muchos vinieron a pie; los más, en autobuses. La cuesta de Santo Domingo y la plaza inmediata parecían un campamento de concentración de los grandes vehículos. Unos tras otros iban volcando a la puerta del Centro su carga alegre de militantes. Todos se parecían entre sí, como miembros de una gran familia. Dentro de nuestra casa, las Comisiones encargadas de atender a los de fuera les iban procurando, con incansable exactitud, informes y facilidades para el mitin.

EL LOCAL, DESBORDANTE

No hay fantasías: el "cine" Madrid es, como se sabe, uno de los más grandes frontones de España. Al habilitarlo para cinematógrafo se desperdició, naturalmente, la mayor parte del local, puesto que no había manera de poner localidades sino de frente al extremo donde hoy está la pantalla. Con todo su aforo es de unos cuatro mil asientos. Los pasillos del patio de butacas tienen dos metros de ancho, y las cuatro galerías, detrás de los palcos, son espaciosísimas. Sólo en el piso bajo las superficies dedicadas a bar, vestíbulo y tránsito casi igualan a la cancha. Pues bien: todo, desde arriba hasta abajo, los pasillos centrales, las galerías, los palcos, el vestíbulo, las escaleras, todo absolutamente estaba, a las diez de la mañana, lleno de un muchedumbre que se apiñaba en pie, cercando por entero a los que lograron butacas y sillas. Dadas las dimensiones del local y el hecho de que muchos quedaron en dependencias exteriores a la propia sala, la mayor parte de la concurrencia no hubiera oído los discursos si no se hubiera dispuesto de una sabia instalación de altavoces.

EL ESPECTÁCULO

Minutos antes de empezar el acto presentaba el local un aspecto impresionante: al fondo, la pared recubierto de negro, con el emblema inmenso en rojo y los nombres de los mártires con letras de oro, dispuestos a los lados en dos columnas. Una larga mesa para la Junta Política. Y entre la mesa y el telón, un zócalo de banderas sostenidas por los abanderados. En medio, el guión de Madrid; en las dos alas, las banderas rojas y negras traídas por las organizaciones provinciales. Delante de la tribuna, ya en el suelo, los banderines de los distintos grupos de Madrid, y de arriba abajo del salón, en cuatro filas interminables, los muchachos de primera línea, vestidos con camisas azules. También habían vestido la camisa azul muchísimos de los asistentes.

Todos los pisos, las entradas, las escaleras y dependencia tenían montado un servicio de orden impecable. En las funciones de organización interna tomaban parte varios centenares de afiliados con brazal rojo y negro.

Focos potentísimos de luz iluminaban el fondo del salón, que surgía, allá lejos, de la semipenumbra con su magnífico aparato de letras doradas, emblema rojo y banderas en fila.

EL ACTO

A las once en punto, por el fondo del pasillo central, apareció el jefe, seguido de la Junta Política, de algunos jefes de servicios y de las J.O.N.S. de Madrid. Toda la concurrencia se puso en pie y rompió en aplausos y vítores. El cortejo recorrió la larga distancia que hay desde el fondo hasta la tribuna presidencial, y ocupó ésta. Se sentó en medio el jefe nacional, y a los lados los miembros presentes de la Junta Política, el jefe de asistencia y el de las J.O.N.S. de Madrid. El secretario general ocupó la mesa donde estaba instalado el micrófono. Después de unas palabras del jefe, dando brevísimas instrucciones para el orden del acto, el secretario general, Raimundo Fernández Cuesta, pronunció su discurso. Al final dio lectura a los nombres de los caídos, que todos oyeron en pie y contestaron, unánimes y en posición de saludo, con el grito de "¡Presente!"

Inmediatamente hablaron Manuel Valdés, Manuel Mateo, Onésimo Redondo, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera. Todos los discursos, en su texto íntegro, se publican en este número.

La tensión espiritual del auditorio no decayó un instante. Las ovaciones estruendosas se sucedían. En algunos momentos –como al aludir Julio Ruiz de Alda a Gibraltar– toda la concurrencia se puso en pie durante largo rato, en una tempestad de aplausos y gritos.

Terminados los discursos, el jefe dio las tres voces de "España", que todos, en pie y saludando, contestaron diciendo: "¡Una! ¡Grande! ¡Libre!, y como remate: "¡Arriba España!"

Después del mitin se reunió a comer en el restaurante Casa Juan, de la Bombilla, un millar de camaradas, aproximadamente. La comida transcurrió con una ordenada alegría. A su final pronunció Rafael Sánchez Mazas el brindis que se publica en otro lugar de este número. Luego, el jefe nacional dijo unas palabras sobre los deberes de obediencia, alegría, ímpetu y silencio. Concluyó así: "Volvamos al silencio ahora. El ímpetu de hoy nos hace dignos del silencio. Y en ese silencio volverá a germinar nuestro ímpetu".

(Arriba, núm. 10, 23 de mayo de 1935)




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