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UNA PERRA

de Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera

Esta edición digital de las Obras completas de José Antonio Primo de Rivera reúne todos los textos de José Antonio recopilados por Agustín del Río Cisneros para la edición publicado por el Instituto de Estudios Políticos en 1976.

Una perra publicado en F.E., núm. 11 el 19 de abril de 1934.

Esta incluido en las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera publicado por el Instituto de Estudios Políticos en el año 1976.


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UNA PERRA

(El Parlamento visto de perfil)

El viernes cogió una perra el Parlamento: una clásica perra de chico mal criado...

¡Que venga Lerroux!– tronó don Miguel Maura.

¡Que venga Lerrouxi –repitió el señor Prieto.

¡Que venga Lerroux, que venga Lerroux, que venga Lerroux! –vociferaron, aullaron, maldijeron, la minoría conservadora, la socialista, la Esquerra, la izquierda republicana y los señores Álvarez Angulo y Gordón Ordás, de los que nunca llegaremos a saber si forman parte de algún grupo, o si son diputados independientes.

El señor presidente del Consejo ha sido avisado y sólo tardará unos minutos en comparecer – prometió el señor Alba.

Los nervios se calmaron un poco. El señor Alba, como hacen las amas con los niños emperrados, quiso distraer al Parlamento, a ver si se le olvidaba el capricho. Pero, ¡sí, sí! A los tres cuartos de hora el niño se dio cuenta de que trataban de escamotearle el juguete y volvió a rugir: –¡Que venga Lerroux! ¡Que venga Lerrouxl Por un momento la situación adquirió caracteres terroríficos. Las caras congestionadas, los puños crispados, las voces injuriosas. De ningún modo podía aquello seguir adelante como no viniera Lerroux.

Un inexperto, presa de pánico, preguntó:

¿Pero dónde está Lerroux?

Ha estado ahí fuera hasta ahora mismo– le dijeron.

¿Y por qué no ha entrado?

¡Ah!...

El señor Alba impuso silencio y explicó:

El señor presidente del Consejo no está en la Cámara. Tampoco le será posible llegar antes que se acabe la sesión, porque tiene que asistir a un banquete en Palacio.

Dicterios, rugidos, estruendo. En realidad, no eran sino las siete de la tarde. ¿Emplea tres horas el señor Lerroux en prepararse para un banquete?

Pero promete –logró terminar el señor Alba– venir el martes.

Aquí fue Troya. Ahora, que como el niño vio que no había modo de salirse con la suya, acabó por apaciguarse.

Las entradas de tribuna para la sesión del martes se disputaron casi a golpes. Tribunas y hemiciclos desbordaron. Lerroux estaba, al fin, en el banco azul. Se abrió la sesión. Todos esperaban un espectáculo emocionante.

Y, en medio de aquello, se levantó tranquilamente un orador a pedir que cubrieran de luto ciertas lápidas.

Ni al señor Lerroux le preguntó nadie nada, ni tuvo nada que decir.

Un invitado a una tribuna que había demorado un viaje por asistir a una sesión de "hule", esperó a la salida al diputado que le había proporcionado la tarjeta y le rompió de un garrotazo el parietal derecho.

(F.E., núm. 11, 19 de abril de 1934.)




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